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24-06-2019
"Tomás o la perfección del toreo"
Ricardo Sotelo

A inicios del siglo XVIII, cuando la tauromaquia adquirió la categoría sublime de arte, la técnica en la lidia era deficiente y por lo tanto su principal atractivo radicaba en el valor de los matadores, quienes realizaban alardes y saltos temerarios que emocionaban a las multitudes; pero con nulo placer de regocijo. Quizá por esto, pocos diestros de ese periodo son recordados en los libros de la historia.

Hoy, a 300 años de distancia y con la depuración que brinda el tiempo, podemos apreciar las interpretaciones de figuras como Enrique Ponce, Morante de la Puebla, El Juli o Roca Rey, pero ninguno de los mencionados puede presumir la convocatoria que ostenta José Tomás (Galapagar, España 1975) en los ruedos. 

El matador ibérico ha sido un referente en la fiesta, tanto dentro de ella como fuera; con sendos triunfos y retiros momentáneos. Esta dualidad que podría ser inconcebible para la cada vez minoritaria afición, mantiene sus esperanzas en él por su concepto de la lidia, prueba de esto es la tarde de su reaparición en Granada en la que salió a hombros tras cortar 6 orejas y un rabo. 

La Monumental de Frascuelo fue testigo de como el último fenómeno de los toros llenó la ciudad y reactivó la economía al conjuro de su nombre. José, sabe que a sus 43 años es el matador más respetado y cotizado en el mundo, de ahí que un billete para verlo torear cueste 10 mil euros. 

Pero en la arena estos números quedan de lado y bien podrían resultar contraproducentes, ya que la afición suele exigir a quienes imponen condiciones para partir plaza. Con Tomás es diferente, incluso el aficionado más joven sabe que la presión hacia el espada es un halago. Que los pitos y abucheos no logran el efecto esperado y por el contrario, lo ubican en un hábitat completamente familiar. 

El hecho de ver al madrileño en los medios da la sensación de revivir las batallas épicas del antiguo Coliseo romano con Espartaco como protagonista. Y es que José Tomás es capaz de emocionar en un segundo y poner al público de pie sólo con su mano izquierda, ya que los naturales que ejecuta bien podrían tener el calificativo de perfectos. Por esta razón, cada que el diestro de Galapagar elige una plaza para reaparecer, la expectativa se dispara con un tremendo aire de heroísmo.

Tal vez sea soberbio catalogar a Tomás como el mejor torero de la historia, pero es cierto que, sin él, a esta fiesta en decadencia le quedarían años o tal vez meses. Su figura espigada, erguida y dibujada por las cicatrices es sinónimo de valor a prueba de la muerte. Esa con la que tantas veces ha coqueteado.   

Lo de Granada fue apoteósico; como un romance épico de esos que se incrementan con los años; que literalmente solo la muerte los puede separar.

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