Muchas cosas han pasado desde 2002, cuando se aprobaba la 1ª. ley de transparencia en México, las luchas sociales no habían sido pocas para asegurar el ejercicio pleno del derecho a la libertad de expresión, particularmente en su vertiente de acceso a la información, cuestión que, si nos vamos más atrás, se había logrado plasmar con la reforma electoral de Reyes Heroles en 1977, todavía con la vieja concepción de garantía individual a cargo del Estado.
Se avanzó entonces, en un organismo capaz de hacer valer el derecho y su tutela efectiva, aún con autonomía limitada, pero con gran convicción de garantizarlo, después se logró en una reforma de alto consenso democrático, como lo fue la constitucional del 2007, que consolidó el reconocimiento como derecho humano al acceso a la información y las primeras letras sobre el de protección de datos personales que después se consagró en 2009.
Más adelante se otorgó al organismo garante del ejecutivo, un estatuto constitucional y de carácter nacional, dándole facultades para tutelar el derecho en toda la esfera federal de competencia con reforma del 2014, homologando el modelo para los tres órdenes de gobierno, sobre ambos derechos.
Sin embargo, en estos días entró en vigor la reforma constitucional que ya no considera el modelo de autonomía constitucional, se conserva lo sustantivo que son los derechos, aunque ahora se tendrá que ver cómo se respetará esa libertad informativa, a través de la nueva dependencia de transparencia del ejecutivo federal y las autoridades similares que nazcan para los otros poderes y demás entes federales. En el caso de datos personales, hay la oportunidad de desarrollar una autoridad especializada sobre quienes tratan datos.
Hoy el INAI vive sus últimos días, mientras los transitorios cobran vida y se arma la estructura de este nuevo modelo; para quienes trabajamos en ese instituto o colaboramos incluso cuando era IFAI, sí nos da nostalgia y pesar su desaparición, pero nos queda la satisfacción del deber cumplido a los mexicanos y por los resultados que se tuvieron en más de 20 años.
Por ahí pasó gente talentosa y convencida, que hoy nutre otros espacios en lo electoral, la academia o el servicio público y privado, mi reconocimiento y aprecio. Ojalá seamos capaces de ser autocríticos, de volver a empezar desde la situación actual y mejorar nuestras instituciones, para que los derechos y libertades prevalezcan.
Como un pequeño homenaje al más grande que en mi opinión pasó por sus filas, he estado leyendo el libro de Alonso Lujambio “El poder compartido”, un ensayo sobre la democratización mexicana. (México, Océano, 2000).
Ahí analiza la transición y alternancia que se empezaba a vivir en nuestro país, nos decía que debía consistir principalmente en que el poder se sometiera a la evaluación ciudadana y que la función pública estuviera equilibrada por los contrapesos al poder.
Hoy ese desafío está latente, hace falta resolver quién hará esos contrapesos y lo que ahí se describe, pero habrá que aprovechar lo realizado y consolidar nuevas autoridades en un contexto de transformación.