Durante el siglo XIX, una vez constituido México como nación independiente, los problemas internos fueron la razón de que pasaran tantos años para la consolidación del país como república, como Estado. Hay historiadores que explican que tanto los liberales (antes yorkinos) y los conservadores (antes escoceses) lo que querían simplemente era impulsar el proyecto de nación en el que creían.
No hubo cesiones de un lado ni del otro a pesar de que, en el proceso, el naciente país estuvo a punto de desmoronarse bajo la amenaza constante de potencias extranjeras, con las arcas vacías y las deudas impagables, con enfermedades, guerras intestinas, pobreza y desigualdad.
Si México sobrevivió al siglo XIX fue gracias a los mexicanos y mexicanas que mantuvieron a este país en pie a pesar de los vaivenes políticos y las circunstancias desastrosas como la invasión abusiva de Estados Unidos (1846-1848) cuando de un “zarpazo” (Claudia Sheinbaum dixit) se apropiaron de más de la mitad de nuestro territorio; o como la intervención francesa y un efímero y fallido segundo imperio.
Esa falta de unidad, de sentido común y de amor por la patria entre la clase política del XIX fue la principal causa de tantos desastres. Por eso se hacían constantes llamados a la unidad, a que se reencendiera el espíritu público apagado a fuerza de decepciones y conflictos internos. Uno de ellos fue el jurista jalisciense, Mariano Otero, quien veía, como muchos otros, la amenaza expansionista estadounidense cernirse sobre una república que no lograba asentarse después de la guerra de Independencia.
Hasta la restauración de la república con Benito Juárez, quien logró convocar a la mayoría de los habitantes de este país en una muestra de unidad que no se había dado antes, se puede decir que empezaron a sentarse bases firmes para cimentar a México e iniciar su desarrollo con la organización de los tres poderes, con una conciencia de nación cada vez más fuerte frente a las amenazas extranjeras y la determinación de construir una república que pudiera equipararse con cualquiera otra nación libre del mundo. No fue fácil, por supuesto, pero fue posible, para las generaciones de entonces, valorar las diferencias entre un país unido y uno enfrentado y desunido.
Nunca será igual, por supuesto, las circunstancias, las personas y los tiempos son totalmente otros, sin embargo, hay lecciones listas para ser aprendidas y, hoy por hoy, estas lecciones son absolutamente pertinentes: las de la unidad, el cierre de filas en torno a quienes están tomando las decisiones en nuestro país y entre nosotros, todos; la defensa de México y la fortaleza interna que no sólo tiene o debe ser económica, sino moral, de autoestima, de recuperación de nuestra grandeza, de valoración de los mexicanos y mexicanas de ayer, de hoy y de mañana, de nuestro trabajo, de nuestras relaciones cotidianas en todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos.
Cada vez son más frecuentes –y es alentador– que políticos de distintas denominaciones apoyen de manera irrestricta a la Presidenta Claudia Sheinbaum. Está prevaleciendo como el interés superior, la estabilidad, la integridad y el bienestar de México y los mexicanos. Esto es fundamental. Apoyar a la jefa del Ejecutivo no es darle un cheque en blanco o declararse morenista o de la cuarta transformación, es apostar por México y los mexicanos.
Esto es fortaleza interna, la que aporta la unidad y la conciencia clara de que lo que está en juego no es electoral ni partidista; de que lo que está en riesgo o bajo amenaza incluso, como en otros tiempos, es el país, somos nosotros, usted, yo, todos.
La asamblea informativa ayer en el Zócalo de la Ciudad de México, que en un principio fue convocada para dar a conocer las medidas que tomaría el Gobierno federal en caso de que no prosperara el diálogo con Donald Trump, fue una muestra de unidad y fortaleza interna. No fue partidista ni proselitista. Fue una exposición de planes y programas que se sostienen con rigor (seguridad, migración, pobreza) y la reiteración de las posturas en la defensa del pueblo de México, de su independencia, su soberanía, su libertad y su democracia.
Además de datos que reflejan avances en la lucha contra el crimen organizado, la Presidenta expuso estrategias en diversas áreas pero destaco una en particular, básica para el fortalecimiento interno, es decir, las estrategias enfocadas en el pueblo: fortalecimiento del mercado interno (se mantienen los incrementos salariales y otras medidas para mejorar las condiciones laborales); ampliación de la autosuficiencia alimentaria y en la producción de energéticos (consumo interno); promoción de la inversión pública en comunicaciones y transportes sobre todo para generar empleo (Estado de bienestar); promover la producción nacional para el mercado interno (sustitución de importaciones con equilibrio) y fortalecer los programas de bienestar que están ya en la Constitución como derechos.
Los cinco puntos están relacionados y se vinculan con otras áreas para, en conjunto, avanzar en el fortalecimiento interno de México, en esa medida, con unidad y visión de conjunto, es más fácil enfrentar cualquier desafío o amenaza. Por México.