El próximo lunes inicia un nuevo periodo legislativo en el que Morena y sus aliados consolidarán su control del país. Ese mismo día asumen funciones los nueve nuevos Ministros –electos en la primera elección popular de integrantes del Poder Judicial–, a quienes se les identifica, en su mayoría, como cercanos al oficialismo. Esto pone en entredicho la independencia en decisiones que involucren asuntos vinculados al Estado.
El oficialismo controla no solo el Congreso y ahora –parece– la Corte, se suma el diseño de una reforma electoral que podría eliminar plurinominales y reducir aún más los contrapesos.
Sin oposición efectiva, Morena y sus aliados consolidan un sistema en el que todas las instituciones orbitan en torno a su proyecto político.
En este entorno, se esperaría que la oposición –PRI, PAN y Movimiento Ciudadano– actúen como un freno institucional, pero el lamentable episodio de ayer en el Senado, cuando Alejandro “Alito” Moreno, líder del PRI, agredió físicamente al presidente de la Mesa Directiva, Gerardo Fernández Noroña, es evidencia de lo contrario. La oposición está
secuestrada por el espectáculo, los pleitos personales y la deslegitimación mutua.
El PAN, por su parte, atraviesa crisis internas, y Movimiento Ciudadano prefiere mantenerse como “tercera vía”, sin asumir un rol claro ante el rumbo oficialista que se extiende. En conjunto, difícilmente representan el contrapeso que la democracia en México requiere… El oficialismo avanza porque la oposición se arrastra.
Un poder hegemónico nunca es garantía de progreso; al contrario, deriva en imposiciones, abusos y decisiones alejadas de la pluralidad que caracteriza a una sociedad diversa como la mexicana. Cuando sólo importa una voz y una visión de lo que México es y de lo que
México necesita, se corre el riesgo de acallar las disidencias y sofocar la crítica, cancelando el disenso que es parte central de la democracia. Lo que queda es nula pluralidad y obediencia ciega.