El miércoles pasado en la sesión de la Comisión Permanente del Poder Legislativo, asistimos a una muestra más de la decadencia del Partido Revolucionario Institucional. La agresión al presidente del Senado y de la Mesa Directiva, Gerardo Fernández Noroña, a manos del senador Alejandro Moreno Cárdenas, fue una acción que ejemplifica la impotencia política del PRI ante los resultados de lo que sembró durante varias décadas y que, para su desgracia, terminó cosechando.
Por más de setenta años el Revolucionario Institucional sembró todo aquello que la sociedad terminó por rechazar: falsas políticas sociales para sacar a las personas de la pobreza; sofisticadas prácticas de corrupción y uso patrimonialista de los recursos públicos; el manoseo intestino en el partido para determinar a los representantes “populares”; un sinfín de fraudes electorales que le permitieron mantenerse en el poder como la “dictadura perfecta” con cara de democracia; las constantes agresiones hacia los miembros de los movimientos sociales y una encarnizada guerra sucia emprendida por la policía política reclutada en la Dirección Federal de Seguridad; una cerrazón política para prohibir manifestaciones partidistas contrarias a los institutos políticos que al régimen beneficiaban; amenazas constantes a la libertad de prensa y recompensas discrecionales a las plumas acomodaticias de algunos medios de comunicación.
Como resultado de todo ello, la cosecha no pudo ser otra que el paulatino rechazo de la sociedad y la disminución del apoyo en las urnas que poco a poco los alejó del poder. Es decir, antes de la llegada al poder de los partidos de oposición, la comunidad corrió al PRI de esos espacios. Lo que siguió es una historia contada: desde finales de la década de los años ochenta del siglo pasado, el tricolor fue perdiendo todo lo que durante décadas amasó. La frustración y el coraje se entiende por donde se le mire.
Hoy el PRI está a la deriva. Su nivel de representatividad se encuentra en los índices más bajos de su historia, prácticamente no gobiernan ningún Estado, su presencia en los gobiernos federal y locales es casi testimonial, diez por ciento de los senadores pertenecen a ese partido, y continúa el corredero. No sabemos quién apagará la luz.
De cara a las próximas elecciones federales y en algunos estados el panorama es desolador, incluso algunos se aventuran a afirmar que en los próximos años ese partido perderá el registro. Hoy se encuentra en manos de los peores cuadros que jamás haya tenido; ni en los momentos donde perdió la presidencia en el año 2000 se miró con tanta desolación.
Si tomamos en cuenta todo lo anterior, podemos entender de mejor manera el arrebato boxístico que tuvo Moreno Cárdenas en contra de Fernández Noroña. La presión por todo lo que políticamente está viviendo el otrora “partidazo” y personalmente el senador priista, quien ya se salvó de un desafuero por arreglos políticos entre las cúpulas morenistas y tricolores, parece que en esta ocasión se acercó al cadalso político del desafuero.
Punto aparte merecen algunos “periodistas” que en las horas posteriores a la rebatinga senatorial mostraron lo peor de sus masculinidades agitando aún más el caliente avispero político que se vive en el Senado, además de tergiversar sus “explicaciones” de los videos que todos miramos.
A no dudar, la agresión de Alejandro Moreno pinta de cuerpo entero la decadencia priista.