En 2008 le pregunté al entonces alcalde de Ciudad Juárez, José Reyes Ferriz: ¿Qué le pide a la Federación para reducir la violencia en la frontera Norte, donde los cárteles de Sinaloa y Juárez se disputaban cada calle? Me respondió que Juárez sería un “laboratorio del gobierno federal” para combatir al crimen organizado: funcionaba la estrategia de paz o se replicaba en todo el país. Y el resultado fue un laboratorio donde se probó todo menos la paz.
El famoso operativo “Todos Somos Juárez” nació entre discursos esperanzadores, spots oficiales y promesas de reconstrucción social por parte de Felipe Calderón. Se habló de escuelas, parques, prevención y justicia. Durante unas semanas, los delitos bajaron (o quizá sólo las denuncias), pero la realidad pronto regresó con el estruendo de las balas. La guerra entre las facciones de “El Chapo” Guzmán y Vicente Carrillo Fuentes no cesó. El experimento fracasó. Y lo peor: la violencia se exportó. Tamaulipas, Zacatecas, Michoacán, Guerrero… todos recibieron su dosis de fuego, con el ingrediente “especial” de “Los Zetas”.
Ahora, en pleno 2025, la historia se repite con otro nombre y nuevo envoltorio: el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia. Claudia Sheinbaum lo presentó con la promesa de que “personalmente dará seguimiento cada 15 días”, como si la supervisión puntual fuera la vacuna contra la impunidad. Se anuncian 57 mil millones de pesos de inversión —37 mil millones solo en programas sociales— y una estrategia que suena más a plan de relaciones públicas que a política de seguridad.
El Plan Michoacán intenta vender la idea de que el dinero y los programas del Bienestar desarman cárteles y curan territorios heridos. Pero Michoacán no sufre de falta de becas: su problema son los grupos armados, el control territorial, las economías ilegales, la complicidad institucional y la captura del Estado local. Desde Felipe Calderón —con su “Operativo Conjunto Michoacán”— hasta Andrés Manuel López Obrador con sus abrazos y no balazos, el libreto es el mismo: mandar soldados, anunciar millones y esperar resultados que nunca llegan. Mientras tanto, los municipios arden, los alcaldes son asesinados y la población sigue atrapada entre el miedo y la indiferencia.
Juárez fue el espejo; Michoacán es el reflejo. El laboratorio de Juárez demostró que no basta con militarizar ni repartir apoyos.
El Plan Michoacán corre el riesgo de repetir el ciclo de promesas sin resultados. Y la advertencia es que en Michoacán pase lo que en Juárez: que mientras se “pacifica” ese Estado, la violencia se desate en Jalisco, Guanajuato, Querétaro, Guerrero y Colima, entre otras Entidades. ¡Peor que hoy!