El fin de semana pasado, el país volvió a ser testigo de algo que lamentablemente se está haciendo costumbre: un evento masivo en el Zócalo organizado desde el poder y con el poder, donde la presidenta de México, en lugar de asumir su papel como mandataria de todos, volvió a colocarse la camiseta de un solo grupo. Un Zócalo que debería unir terminó convertido, otra vez, en plataforma política y tribuna partidista.
Muchos ciudadanos interpretaron ese acto como lo que aparentó ser: un evento con tintes de campaña, lleno de discursos diseñados para confrontar a la oposición y para reafirmar la narrativa del gobierno. La presidenta pudo usar ese espacio para hablar de unidad, seguridad o reconstrucción institucional, pero eligió lo de siempre: dividir, señalar y polarizar.
Y lo más preocupante no es el discurso, sino lo que se vio alrededor. Resulta imposible ignorar los comentarios de asistentes que afirmaban haber sido presionados o acarreados, algo que ya se ha vuelto una sombra persistente sobre los eventos oficiales. Si el movimiento que presumen tan fuerte realmente lo fuera, no necesitaría llenar plazas con estructuras de movilización masiva; bastaría la convocatoria natural de la ciudadanía, pero la realidad parece ser otra.
Tampoco pasó desapercibida una ausencia significativa: el llamado “Bloque Negro”, ese grupo de choque cuya presencia en anteriores movilizaciones afines al oficialismo levantó muchas dudas y críticas. Esta vez no aparecieron, quizá para evitar incomodidades, quizá para no enturbiar un evento que buscaba mostrarse “pacífico”, o quizá porque la estrategia de confrontación se reserva para momentos convenientes. Sea cual sea la razón, su ausencia dice tanto como su presencia en otros momentos.
Pero el contraste más doloroso e inevitable llegó de la mano de la violencia. Mientras en el Zócalo se hablaba de logros, unidad y transformación, en otra parte del país estallaba un coche bomba. Sí, literalmente, la realidad explotó, de la forma más trágica posible, el mismo día que el gobierno intentaba vender un país tranquilo y sin sobresaltos.
Una terrible coincidencia que dejó al descubierto lo que muchos mexicanos ven todos los días y que ningún discurso masivo alcanza a ocultar: La inseguridad sigue ahí, tocando la puerta, destruyendo familias, sembrando miedo.
Esa es la verdadera contradicción: Por un lado, un gobierno concentrado en montajes multitudinarios y discursos de aplauso fácil; por el otro, un país enfrentando explosiones, balaceras y el avance del crimen en regiones donde el Estado parece ausente. La gente no vive del espectáculo en el Zócalo, vive con miedo al salir de casa, vive sin policías suficientes, sin fiscales eficientes, sin respuestas claras.
La presidenta tiene la responsabilidad de gobernar para todos, no solo para quienes la aplauden en eventos masivos y cuando utiliza la plaza pública más emblemática del país para atacar opositores, para promover su narrativa y para maquillar la realidad, se aleja de esa obligación constitucional y moral.
El país no necesita ceremonias, necesita resultados, no necesita discursos de confrontación, necesita soluciones. No necesita escenarios llenos de acarreados, necesita gobiernos que asuman la realidad y actúen frente a ella.
Porque mientras la presidenta festejaba, el país ardía y por más que intenten llenar plazas, la verdad seguirá explotando, una y otra vez, hasta que se gobierne con responsabilidad y no con propaganda.