El año pasado vivimos doce meses bajo la espada de Damocles que Donald Trump pendió sobre la cabeza de la humanidad desde el 20 de enero de 2025 cuando arribó a la Casa Blanca. Su presidencia pasó de las amenazas electorales a los hechos materializados a través de sus políticas públicas, aunque también el jefe de la Oficina Oval reculó en varios asuntos.
Blandir su espada empuñada por Trump fue la cotidianidad que vivieron los estadunidenses en su país y quienes no lo somos desde nuestras naciones. El republicano se olvidó del diálogo y prefirió la amenaza. Ignoró los argumentos y utilizó la fuerza. Violentó la ley y persiguió con ella. Pretendió doblar a sus socios comerciales con aranceles y el costo lo terminaron pagando sus connacionales. Dinamitó el multilateralismo y terminó alejado de los diversos foros que buscaron reencauzar el rumbo del planeta. Se autonombró el dueño “legítimo” de las reservas petroleras de Venezuela, pujó por quedarse con Groenlandia y dinamitó la tranquilidad del Caribe y de Sudamérica. Olvidó su promesa de acabar con las guerras y se bombardeó Afganistán, Irán, Irak, Libia, Nigeria, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen.; además de enviar 34 mil toneladas de bombas a Israelpara que Netanyahu llevara a cabo el genocidio de palestinos en Gaza. Y ni qué decir de las constantes violaciones al derecho internacional con las 30 operaciones contra lanchas en el Caribe donde se ejecutaron de manera extrajudicial a 107 pescadores calificadas (sin pruebas) como narcotraficantes por la Casa Blanca.
2025 fue el año de Trump porque se volvió el personaje más indeseable del planeta, un riesgo constante a la paz y la tranquilidad de las naciones, quien más desestabilización generó y quien mayor presión ejerció sobre diversos países para dinamitar su autodeterminación para diseñar los caminos por dónde transitar. Lo mismo amenazó con golpes de Estado que se inmiscuyo en elecciones presidenciales y criminalizó sin pruebas a diversos mandatarios que se negaron a arrodillarse frente a él.
Y su espada no solamente amenazó al vecindario global, sino que se usó contra los propios estadunidenses. Ninguna de las promesas de su campaña que le granjearon los votos suficientes para llegan a la Casa Blanca fueron cumplidas: sea bajar el costo de la vida, sea aumentar el empleo con el retorno de capitales estadunidenses, sea aumentar el crecimiento de la economía, sea alejar a Estados Unidos de conflictos ajenos, sea garantizar los derechos más elementales de los ciudadanos, sea respetar la libertad de expresión, lejos quedó Trump de cumplir sus promesas.
Ahora en 2026 las cosas pueden cambiar. En diez meses los estadunidenses saldrán a votar en las elecciones intermedias, será el referéndum más importante del gobierno de Trump, más allá de cerrar 2025 con 35 por ciento de respaldo popular, el llamado a las urnas en noviembre puede cambiar el rumbo del presidente si los demócratas logran arrebatarle al menos una de las Cámaras, ya no digamos las dos.
Si 2025 fue el año de Trump por su insistencia en querer decidir los destinos de la humanidad, 2026 puede volver a ser su año, pero del retiro en tanto los republicanos pierdan las elecciones intermedias.
Al tiempo.