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El punto medio imposible

5 enero 2026
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05:01
Actualizada
19:48

La invasión de Estados Unidos a Venezuela obliga a pensar desde un lugar incómodo: el del punto medio. No el de la tibieza moral ni el del falso equilibrio, sino el de una evaluación que se atreva a sostener dos verdades al mismo tiempo. La primera: la operación ordenada por Donald Trump rompe el derecho internacional, normaliza el uso unilateral de la fuerza y abre un precedente peligrosísimo para el mundo. La segunda: los regímenes autoritarios no pueden seguir escudándose en la soberanía para eternizar la represión, el fraude y el saqueo.

La captura de Nicolás Maduro, tras una operación militar que dejó decenas de muertos, fue celebrada por miles de venezolanos dentro y fuera del país. No es un dato menor. Esa reacción habla de años de asfixia política, de elecciones vaciadas de sentido, de migración forzada y de una economía convertida en ruinas. Negar esa realidad sería tan irresponsable como justificar una invasión extranjera. La caída de un gobierno autoritario puede generar alivio social. El problema es el método, el mensaje y el precedente.

Trump no actuó como árbitro democrático ni como garante de derechos humanos. Actuó como potencia que decide cuándo un país deja de ser soberano y cuándo sus recursos pasan a ser “administrados” por otro. Su discurso lo delata: petróleo, control y advertencia. No transición democrática, no reconstrucción institucional, ni justicia internacional. La legalidad no fue un obstáculo, el Congreso no fue consultado y la ONU fue notificada después de los hechos. Ese manual no es nuevo, pero sí peligrosamente vigente.

Ahí aparece el riesgo mayor: si Estados Unidos puede invadir Venezuela bajo el argumento del narcoterrorismo y la “seguridad”: ¿Qué impide que mañana aplique la misma lógica en otros países incómodos? ¿Qué frena a Trump de decidir, de manera unilateral, quién gobierna y quién cae en América Latina, Medio Oriente o África? La selectividad moral —intervenir donde hay recursos estratégicos y callar donde no— vuelve frágil cualquier defensa de esta acción.

El otro extremo tampoco resiste el análisis. Defender a Maduro en nombre del antiimperialismo es ignorar el carácter autoritario de su régimen. Un gobierno que persigue opositores, inhabilita candidatos, controla tribunales y usa la fuerza para mantenerse no puede ser presentado como víctima pura. Los gobiernos autoritarios deben caer. La pregunta es cómo, con qué legitimidad y bajo qué reglas.

El punto medio no es justificar ni condenar sin matices. Es advertir que normalizar la invasión es abrir la puerta al caos global.

Venezuela merece una transición real. Y el mundo necesita frenar la idea de que la fuerza sustituye al derecho. En ese equilibrio incómodo se juega algo más que un país: se juega el orden internacional que viene.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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