La Operación Determinación Absoluta, lanzada por Estados Unidos la madrugada del 3 de enero de 2026 contra Venezuela, no tiene base legal alguna en el Derecho Internacional. No fue autorizada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no se produjo en defensa propia (el único supuesto aceptado de uso unilateral de la fuerza según la Carta de la ONU), ni contó con el consentimiento del Estado afectado. Tampoco pasó por el propio Congreso de los Estados Unidos, hecho que ha sido señalado por varios legisladores de aquel país como una violación del equilibrio de poderes y una forma más de erosión de la legalidad interna.
La ofensiva, ejecutada con misiles y fuerzas especiales, golpeó infraestructura militar y zonas urbanas en Caracas y sus alrededores, y culminó con la captura ilegal del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York, donde se les han fincado cargos por narcoterrorismo. La operación dejó al menos 80 fallecidos, entre personal de seguridad venezolano y aliado y civiles, y se llevó sin cumplimiento del debido proceso en ninguna jurisdicción reconocida y en flagrante violación a la soberanía venezolana.
Aun así, hay quienes no solo celebran con alivio y entusiasmo lo ocurrido, sino que confiesan sus sueños de intervención en otras latitudes. No porque desconozcan por completo la historia de la injerencia estadunidense en América Latina, sino porque llevan años habitando un imaginario donde la intervención extranjera aparece como sinónimo de modernidad y salvación; un atajo hacia un mundo limpio y de altos edificios estilo primer mundo, con Disney incluido. Son sueños de intervención, alimentados por la precariedad en unos y por el desplazamiento de las élites locales en otros; embebidos del mito persistente de que lo estadunidense es, por definición, mejor. En ese imaginario, ser invadidos es una forma de ser elevados, mejorados, sublimados, sin pasar por el inconveniente de formar proyectos políticos que convenzan. Entregarse al injerencismo, es aunque no se diga abiertamente, fantasear con el paraíso exclusivo de la desigualdad que le beneficia a uno, es buscar comprar un boleto al club donde solo ganarían quienes siempre han soñado con entregar la soberanía.
Desde niña he escuchado estos sueños de intervención verbalizarse en escenarios diversos: “Ojalá que en 1847 se hubieran quedado con todo México, viviríamos como en San Diego o Miami” o “la Corona española no debió irse”, “Maximiliano quiso más a México que Juárez”, agregue usted los que le vengan en mente.
Lo que no comprenden quienes maquinan estos sueños, es cómo funciona el sistema-mundo como lo llama Wallerstein. En la realidad, el subdesarrollo de unos no es ajeno al desarrollo de otros, es su precondición. América Latina ha sido estructuralmente y tantas veces por la fuerza, como lo vemos ahora, condenada a proveer materias primas, energía barata y mano de obra precarizada para que otros acumulen riqueza. Somos ricos en petróleo, oro, litio, agua, biodiversidad, cultura; y es precisamente esa riqueza por la que se nos ha acosado. El capital global necesita zonas de extracción y caos, economías abiertas al interés externo, no democracias sólidas, ni proyectos que busquen nacionalizar sus recursos, elevar el nivel de vida, ni impulsar la redistribución.
Es precisamente sobre esa estructura de dependencia activa que opera el mecanismo descrito por Naomi Klein desde los años 90, en su teoría del shock. Las crisis, sean naturales, colapsos económicos provocados o intervenciones militares, generan estados de desorientación que permiten introducir decisiones radicales que, en condiciones normales, serían inaceptables. En este caso, la operación militar en Venezuela se ha acompañado de un discurso de décadas que legitima la violencia como forma de “rescate” frente a un chavismo que llegó al poder en 1998 y del que pocos se preguntan sobre su origen. Pocos buscan preguntarse ¿qué había antes del tan temido chavismo? ¿Qué fue el sistema de Punto Fijo que durante 40 años concentró el poder en Venezuela en solo dos partidos? ¿Qué políticas y qué políticos mantenían a la mitad del país en la pobreza? ¿Y por qué, entonces, el chavismo ganó aquellas elecciones de finales de los noventa?
Nos centramos, sí, en la tragedia del mayor éxodo regional en años recientes, 7.9 millones de venezolanos fuera de su patria, pero rara vez se interroga cuándo y por qué se produjeron los picos de expulsión. No se analiza su relación con las sanciones impuestas por ejemplo, por la primera administración Trump, con el cerco financiero internacional impuesto sobre aquel país, con el bloqueo a importaciones clave de alimentos y medicinas, con la prohibición de emisión de bonos o con la caída del precio internacional del petróleo. Se nos ofrece una narrativa simple: que la escasez es producto exclusivo de un gobierno que se aferra al poder. Pero esa versión omite cualquier matiz, omite de manera conveniente que la asfixia no fue accidental, sino provocada, y que logros del chavismo, los hubo, también.
Estados Unidos emerge entonces, paradójicamente, como la solución única y deseable, para apaciguar un incendio que ayudó a provocar. Erigido en hegemón regional, promete aliviar el sufrimiento tendiendo una mano, mientras que con la otra azuza el colapso que lleva, entre otras cosas, su firma. Esa paradoja, pasa desapercibida porque el aparato mediático, tan poco crítico, reproduce los discursos de héroes y villanos al estilo Hollywood más burdo.
Sin embargo, asistimos hoy a una diferencia cualitativa importante respecto a las intervenciones del siglo XX. Ya no se invoca el panamericanismo ni la defensa de la democracia frente al comunismo. Ni siquiera hay preocupación por fingir una causa noble. Lo que estamos presenciando responde a una nueva doctrina de seguridad nacional, anunciada por Donald Trump en noviembre pasado, en la que América Latina vuelve a ser declarada “zona de interés estratégico”. Tras décadas de intentar proyectar poder blando, mediante tratados, misiones diplomáticas, productos culturales y retórica multilateral, Estados Unidos regresa al ejercicio de la fuerza directa, como no lo hacía en América Latina desde la invasión a Panamá en 1989. Es la expresión de un hegemón que ya no convence y, por eso, busca imponer.
Aunque bastante memoria de las intervenciones se tiene en América Latina, como para comprender que la noción de soberanía estatal, producto de la Paz de Westfalia del siglo XVII, se trató de una promesa que nunca fue plena, Trump ha ido más allá y ha resucitado la época en la que la soberanía del Sur global es siempre condicional, revocable, negociable a contentillo. Y es por eso que frente a esta realidad, nos debemos una posición a la luz de la Historia. Porque esta no es solo una agresión contra un gobierno, es un mensaje para toda la región. Es nuestra patria grande la que se pone en juego. Oponerse a esta intervención y otros arbitrios, es reconocer que los latinoamericanos no debemos ser cómplices de la agresión y el despojo.