Por desgracia, los tiempos actuales han puesto de manifiesto que en las relaciones entre naciones, las potencias rigen su actuar por la ley del más fuerte. Conforme a ella, Rusia por medio de la guerra, pretende despojar a Ucrania de una parte de su territorio y recientemente EU, valiéndose de su superioridad militar capturó a Nicolás Maduro para incidir en el petróleo de aquel país.
No conforme con lo anterior, el actual presidente Donald Trump ha insistido en la cesión de Groenlandia en favor de EU, desafiando a Dinamarca, y recordemos también sus comentarios sobre la propuesta de integrar a Canadá como un estado más de la Unión Americana.
Trump, además, se ha manifestado por el retorno de la doctrina Monroe, asumiéndose con derechos para decidir por encima de las soberanías de los países latinoamericanos. Sin moderación alguna presiona, amenaza a gobiernos y pueblos para que hagan o dejen de hacer lo que él ha decidido para ellos.
México por su vecindad, integración económica y clara desventaja, tiene que lidiar con un vecino abusivo que nos despierta con la noticia de nuevos e ilegales aranceles y nos acuesta con la amenaza de intervenirnos.
No caben las convenciones, el derecho ni los organismos internacionales, América Latina y México enfrentan el acoso del presidente de una potencia que no respeta los límites de la soberanía, la civilidad política y el orden jurídico.
Dicen que estamos regresando a la etapa primitiva de la política internacional, donde el contrato social entre estados no existía y prevalecía la razón de la fuerza, una condición de permanente angustia y completa incertidumbre.
¿Qué hacer frente a esta preocupante realidad?
La parte esencial de la respuesta es la unidad nacional; tener la capacidad de identificar que, independientemente de las diferencias internas, del grado y del tipo que sean, nadie que se asuma de nacionalidad mexicana puede pensar en respaldar el interés de otro Estado en perjuicio del propio, salvo que quiera rayar en traición y caminar así al basurero de la historia.
Ante una circunstancia como la actual, no puede escatimarse el apoyo a la postura de la presidenta de México, Doctora Claudia Sheinbaum, frente al actuar del gobierno de nuestro vecino del Norte; México ofrece colaboración pero no subordinación y rechaza cualquier intento de intervención en los asuntos nacionales.
La Unidad con el posicionamiento digno de la presidenta de México no representa de la oposición una concesión ni favor al gobierno actual, constituye un imperativo cívico irrenunciable; cuando Peña Nieto enfrentó los embates del primer periodo presidencial de Trump, Andrés Manuel López Obrador sin dudarlo le manifestó su respaldo en la defensa de los intereses de México. Vaya que había profundas diferencias con Peña Nieto, pero el interés superior de la Nación nunca podría regatearse por un hombre de profunda convicción patriótica como Andrés Manuel.
No se equivoque la oposición, ante una potencia que amaga a nuestro país, la Unidad no es una opción, es la única respuesta digna.