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9 enero 2026
Arturo Garibay
Arturo Garibay

De intervencionismo, dictaduras y cine

8 enero 2026
|
05:00
Actualizada
22:00

Hace 20 años, el director Stephen Gaghan estrenó “Syriana”, una multinominada y mediática cinta que muchos recuerdan porque le dio a George Clooney el Oscar y el Golden Globe. La pieza ha vuelto a mi cabeza en el contexto de los acontecimientos noticiosos con los que inauguramos este 2026, pero, sobre todo, por el aplauso desmesurado que algunos han dado a los eventos acaecidos en lo que va de esta década, que incluyen desde intervenciones extranjeras, invasiones, desplantes expansionistas, ataques terroristas, actos genocidas y hasta el uso arbitrario de la violencia, entre otros.

La captura y caída de un dictador debe aplaudirse, pero lo que me desconcierta es que se celebre o defienda a cualquiera de los dos protagonistas (el yanqui o el venezolano): no fuimos testigos de una batalla de héroes contra villanos, sino de un altercado de un “tipo malo” contra otro “tipo malo”, por ponerlo en términos más hollywoodenses. Deberíamos estar preocupados. Deberíamos estar al pendiente de que a los venezolanos se les permita reconstruir su país, su gobierno, su sociedad y su economía en sus propios términos, no en los términos del belicoso convenenciero.

Pero volvamos a “Syriana” y por qué aquella peli viene hoy a cuento. El filme de Gaghan giraba en torno a un grupo de hombres que estaban por definir el futuro, la estabilidad, la potestad y el tamaño de la herida —bélica, política, social, económica— que iba a sufrir un territorio para que los estadounidenses pudieran quedarse con el petróleo de ese país. Así nomás.

“Syriana” es —en el sentido más arquetípico— una pieza coral que guarda interesantes paralelismos con lo que ocurre hoy: un filme sobre control geopolítico, donde el petróleo es el recurso por antonomasia para consolidar el poder; es, también, un retrato sobre la hipocresía institucional (y también pública) que se gesta cada que ocurre una acción intervencionista gringa en cualquier territorio del mundo.

Acordarme de “Syriana” sólo encendió en mí la mecha: comencé a recordar otro montón de viejos filmes a los que planeo volver en los próximos días, porque los vi hace añales. “Desaparecido” (1982) de Costa-Gavras, relato ambientado en el golpe de Estado chileno y que recuerdo que revisa los efectos de la intervención de Washington para desencadenar un festín de eventos en los que se violan los derechos humanos; “Salvador” (1986) de Oliver Stone, sobre la intervención estadounidense en la guerra civil salvadoreña; es más, creo que hasta en “Peligro inminente” (1994), con Harrison Ford, se reflexiona un poco sobre la legitimidad del intervencionismo y los riesgos de la unilateralidad en las decisiones políticas usando al personaje de Jack Ryan como pretexto.

Por supuesto, el evento venezolano también me llevó a pensar en el cine sobre dictadores y/o los venenos del autoritarismo: largometrajes sobre los horrores de los regímenes militares y totalitarios, sobre líderes que oprimen a sus pueblos hasta hacerlos polvo, donde no hay margen para “ser” y donde hay que aferrarse con uñas y dientes para poder “estar”.

En ese territorio hay varias joyas para volver a ver: desde la punzante comedia corrosiva “El dictador” (2012) hasta filmes narrados desde nuestra realidad más inmediata, bordados en nuestro cosmos latinoamericano: la argentina “La historia oficial” (1985) de Luis Puenzo, o la chilena “No” (2012) de Pablo Larraín, por poner un par de ejemplos conocidos. Es más, quienes quieran revisar el autoritarismo como ventana a la distopía —en un territorio más sci-fi, que es el género por excelencia para reflexionar sobre nuestros posibles colapsos— pueden recurrir a “Brazil” (1985) de Gilliam; a “Niños del hombre” (2006) de Cuarón, o incluso a “V de venganza” (2005) de Teigue. Pura joya.

Para cerrar con broche de oro está, por supuesto, “El gran dictador” (1940), de Charles Chaplin. Recuerdo algunos pasajes de la potente escena final. Transgrediendo la cuarta pared y tras exorcizarse de Hynkel (el déspota opresor de Tomania), Chaplin mira directo a la cámara, el personaje se diluye y el cineasta aflora para decir algo como: “Queremos felicidad para los demás, no miseria. No queremos odiarnos ni despreciarnos los unos a los otros. En este mundo hay espacio para todos. La vida puede ser libertad y belleza, pero hemos perdido el camino. La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha atrincherado al mundo con odio y nos ha hecho marchar hacia la miseria y el derramamiento de sangre”.

La escena continúa: es desgarradora, potente.

Para Chaplin y “El gran dictador”, después del fascismo —y me permito añadir aquí cualquier otro tipo de régimen o radicalidad que busque la destrucción del otro, el desgarre del tejido social, el aniquilamiento de la libertad, la anulación de las diferencias y que procure  prosperidad solamente a los suyos o a los poderosos— ocurrirá algo mágico, pues saldremos “de las tinieblas a la luz, caminaremos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad, en el que los hombres se elevarán por encima del odio, de la ambición, de la brutalidad. ¡Mira a lo alto, […] al alma del hombre le han salido alas y al fin está empezando a volar!”. ¿Veremos alguna vez esa luz y volaremos? No lo sé. Pero la luz que permanece es la del cine, iluminando las historias que se deben contar sobre aquellos que nos quieren romper, separar o destruir. No hay liberación si sólo se cambia de amo. Y para Venezuela queremos libertad total, una Venezuela para los venezolanos.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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