Las amenazas desde el extranjero a México en los últimos meses han sido constantes, desde las comerciales hasta las de incursionar en nuestro territorio dizque para combatir a los cárteles. Por supuesto que estoy hablando del gobierno de Estados Unidos en este momento, sin embargo, remarco “extranjero” porque históricamente el país ha sido acosado y agredido por fuerzas externas y lo que resulta de circunstancias como estas es que se fortalece la identidad nacional y, sobre todo, la unión, más allá de colores partidistas y banderas ideológicas.
Tenemos ejemplos en México y el mundo de que, efectivamente, las amenazas extranjeras logran lo impensable en un país, no al cien por ciento, pero mucho más de lo que se podría esperar en términos de unión y defensa. Aunque se ha difundido poco y, reitero, más allá de estar de acuerdo o no con el régimen de Maduro, venezolanos incluso de oposición, han salido a las calles a defender a su país, su soberanía, su derecho a la autodeterminación. Y no sólo venezolanos. Aquí estamos ante un caso de amenazas y agresiones a una región hermana: América Latina y latinoamericanos de todas las nacionalidades han salido a las calles a manifestar su rechazo a la invasión abusiva de Estados Unidos para secuestrar al presidente y a su esposa; particularmente después de que sin ambages ni eufemismos, en la Unión Americana ya dijeron con todas sus letras que lo que les interesa es el petróleo y la riqueza que genera.
Vamos un poco atrás en la historia en el caso de México: historiadores del siglo pasado, específicamente el franco español Francois-Xavier Guerra y el británico Eric Hobsbawm, afirmaron que en México no hubo conciencia de nación sino hasta que fue necesario enfrentar una fuerza extranjera. En el caso de Guerra, se refería a la invasión abusiva de Estados Unidos que nos dejó sin más de la mitad de nuestro territorio (1846-1848) y Hobsbawm aludía a la intervención francesa y el segundo imperio (1862-1867).
Quizá ambos hablaban de sentimientos patrióticos de una nación identificada ya como México, sin embargo, la conciencia de nación, el espíritu público o la “conciencia de sí” como la llamó otro historiador también británico, John Lynch, justamente porque no existía México como tal, surge por lo menos desde 1808, si nos enfocamos en el proceso independentista, no obstante, hay antecedentes que dieron lugar al surgimiento de un concepto muy particular: “el patriotismo criollo”.
Muchos sostienen que en la agonizante Nueva España e inmediatamente después, en el México naciente, no había una conciencia de nación generalizada, que era una cuestión de las élites; que no había ni siquiera un sentido de pertenencia a esta tierra. Pues sostengo lo contrario. Los antecedentes del patriotismo criollo están documentados desde la segunda mitad del siglo XVIII y el fenómeno surgió porque en Europa hubo una especie de campaña contra todo lo americano. El propósito de historiadores británicos, franceses y hasta holandeses era desprestigiar a España y sus dominios, pero la identidad americana o hispanoamericana saltó de inmediato. El caso más conocido y emblemático es el trabajo que escribió Francisco Javier Clavigero, la “Historia Antigua de México”.
El patriotismo criollo influyó de inmediato en marcar una diferencia con respecto a lo europeo. En la Nueva España había distinciones profundas y añejas entre gachupines (los españoles peninsulares) y criollos, los hijos de españoles nacidos en territorio americano.
De manera que cuando estalló la crisis de 1808 con la invasión napoleónica a España y los criollos del Ayuntamiento de México propusieron asumir la soberanía del virreinato para protegerlo de los franceses, los gachupines de la Real Audiencia interpretaron eso como “intenciones independentistas” y les dijeron que los españoles europeos y los españoles americanos no eran iguales y que, por eso, a los americanos (novohispanos), no les tocaba, no les correspondía y no tenían derecho a opinar.
La ruptura fue profunda y para siempre. La sucesión de hechos a partir de este momento fue vertiginosa y ya nada volvió a ser igual. El español europeo se convirtió de inmediato (más los antecedentes que estaban en la memoria colectiva) en un enemigo extranjero, uno de los elementos que teóricos como Hobsbawm marcan como indicadores del surgimiento de un sentimiento nacional.
La construcción del gachupín como enemigo extranjero se dio casi de manera automática: pasado, presente y futuro se unieron en la percepción de los actores políticos y fue fácil, de abajo a arriba, lograr que el movimiento prendiera, creciera, mutara y triunfara. Lo que muchos pensaban, pero callaban, se convirtió en palabras, conceptos y actos que en un periodo corto propició cambios estructurales y trascendentes. Para los insurgentes o, desde otra perspectiva, rebeldes, el estereotipo ideal fue gachupín. En esa palabra se concentraron todos los odios, todo el coraje acumulado por 300 años, generación tras generación. El proceso fue sorprendente desde el inicio y los efectos, irreversibles.
De ahí que no coincido con Guerra ni con Hobsbawm. Aunque no se había constituido México como país ni tenía ese nombre aún, el sentido de pertenencia, el cansancio de las castas, los indígenas y los criollos, las diferencias marcadas con respecto a los peninsulares, las injusticias, el despotismo, los abusos, los despojos y el patriotismo, a estas alturas ya americano, se combinaron, se identificó al enemigo extranjero, hubo unión y se peleó contra los realistas por once años hasta que el movimiento triunfó. Claro que había conciencia de sí, propósito, causa y unión generalizada.
Hoy estamos frente a un enemigo extranjero claramente identificado. Son otros tiempos, hay relaciones diplomáticas, negociaciones y reuniones constantes para atajar las ocurrencias del hombre anaranjado del norte; hay posturas claras y se han hecho señalamientos como el tráfico de armas desde allá y el consumo de drogas que no se ha atendido como un problema gravísimo de salud pública; y, en este contexto incierto, angustiante e indignante, urge que se sucedan las manifestaciones en pro de la unidad nacional para enfrentar así, unidos, al enemigo extranjero que ahora nos acosa.
Ya se han expresado los empresarios por ejemplo, a través de uno de sus representantes, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, José Medina Mora; la opositora Kenia López, del PAN, ahora presidenta de la Cámara de Diputados; la ministra de la Suprema Corte, Yasmín Esquivel; y, entre otros, la presidenta del consejo del INE, Guadalupe Taddei. Es lo que corresponde si es que valoramos en su justa dimensión la soberanía, la libertad y la independencia de México.