Que el Mundial de Futbol 2026 se juegue con selecciones varoniles no significa que sea un evento gobernado por hombres. Al contrario: en México estamos haciendo la diferencia, pues en buena parte del ecosistema que hace posible esta edición, las decisiones clave están siendo tomadas por mujeres, una historia muy distinta a la vivida en 1970 y 1986. Este cambio es uno de los resultados más visibles del empoderamiento que las mujeres hemos conquistado tras una larga disputa histórica por el acceso al poder.
Durante décadas, el futbol fue uno de los territorios más resistentes a la igualdad. No solo por lo que ocurría en la cancha, sino por lo que pasaba fuera de ella: federaciones, comités, presupuestos, patrocinios y narrativa mediática. El futbol concentró el poder económico, simbólico y político en manos masculinas. Por eso, que hoy las mujeres estén decidiendo el Mundial importa, y hay que hacerlo visible, porque rompe uno de los últimos bastiones de exclusión normalizada.
El Mundial no se construye solo con goles ni con la alegría de la gente. Se construye con decisiones y visiones de alto nivel que atraviesan la política pública, la planeación urbana, la seguridad, la logística, el turismo, la mercadotecnia y el relato que el mundo verá de México, así como de las otras sedes en Estados Unidos y Canadá.
Que uno de los países anfitriones esté encabezado por una mujer no es un dato accesorio. Hoy, desde la presidencia de Claudia Sheinbaum, se conduce la relación con organismos internacionales, la coordinación interinstitucional, la seguridad nacional y la imagen del país. El Mundial es también diplomacia y gobernanza global.
En las sedes, el poder del Mundial se expresa con especial fuerza en el turismo y el posicionamiento internacional. Ahí están cuatro mujeres clave: Michelle Fridman en Jalisco, Maricarmen Martínez en Nuevo León, Alejandra Frausto en la Ciudad de México y Josefina Rodríguez en la Secretaría federal. Ellas no solo “promueven destinos”; están decidiendo el relato. Con ellas se define qué México se muestra al mundo, qué industrias se fortalecen, qué beneficios se quedan y para quiénes. Esa mirada no es neutra: es resultado de una agenda que las mujeres han empujado durante años para que los grandes eventos no solo generen derrama económica, sino construyan valor social.
Lo relevante también aquí, es ver cómo grandes líderes como Juan José Frangie, quien coordina el Mundial en Jalisco, está rodeado en su equipo por talentosas e inteligentes mujeres, quienes dan rumbo a lo que será la gran fiesta este año en la tierra del tequila.
La sede inaugural del torneo también está gobernada por una mujer. Clara Brugada ha construido, junto con un equipo mayoritariamente integrado por mujeres en áreas clave como protección civil y cultura; están definiendo la forma en que el Mundial se vivirá en el espacio público: calles, transporte, plazas y convivencia urbana. Ahí se concreta si el evento excluye o integra, si ordena o colapsa, si deja huella o cicatriz.
Pero esta toma de decisiones no se queda en el gobierno. Se extiende al corazón económico del Mundial: las marcas patrocinadoras. Hoy, cada vez más empresas globales que invierten millones en el futbol tienen mujeres en posiciones de alta dirección. Son mujeres quienes definen estrategias de mercadotecnia, segmentación de audiencias, precios, campañas publicitarias y mensajes. Esto significa algo fundamental: el Mundial que veremos, el cómo se nos vende, cómo se nos cuenta y qué valores promueve, que estará mediado, en muchos casos, por decisiones tomadas por mujeres.
La publicidad no es inocente. Decide qué cuerpos aparecen, qué historias se cuentan, qué familias se representan y qué consumo se normaliza. Que haya mujeres decidiendo esas narrativas cambia el tono, amplía las miradas y rompe inercias que durante décadas reprodujeron estereotipos.
Hay algo más que está en juego y que no siempre se ve de inmediato. Cuando las mujeres ocupan los espacios donde se decide un evento global como el Mundial, cambian también las aspiraciones posibles. Para miles de niñas y jóvenes, ver mujeres gobernando ciudades sede, definiendo estrategias de marca, coordinando seguridad o encabezando políticas públicas alrededor del futbol, rompe una idea profundamente arraigada: que el deporte —y el poder que lo rodea— no les pertenece. La representación en la toma de decisiones no solo redistribuye poder hoy; ensancha el horizonte de lo posible para las siguientes generaciones.
Por otra parte, está el Mundial que casi nunca se reconoce: el de la operación cotidiana. La logística, la coordinación de sedes, el voluntariado, la atención a visitantes y la seguridad. Ahí también hay un avance silencioso pero decisivo. Mujeres coordinando flujos, resolviendo crisis, anticipando riesgos. Mujeres en los cuerpos de seguridad de estadios y calles, en protocolos de protección civil y en la gestión de multitudes. No como excepción, sino como parte de estructuras profesionales que hoy reconocen su capacidad y liderazgo.
No se trata de decir que las mujeres “organizan mejor” por naturaleza. Se trata de algo más profundo: cuando las mujeres acceden a la toma de decisiones, amplían los criterios de éxito. Ya no basta con que el evento sea espectacular; tiene que ser funcional, seguro, incluyente y con legado.
Por eso, aunque los partidos los jueguen hombres, los hilos del Mundial en México los están moviendo mujeres. Mujeres que gobiernan, que planean, que negocian, que diseñan estrategias de mercado, que fijan narrativas y que coordinan seguridad y logística. No llegaron ahí por concesión: llegaron por conquista.
Y quizá ese sea uno de los goles más importantes de este Mundial. No el que se grite en el estadio, sino el que se marque en la historia del poder.