El ejercicio del poder presidencial de Donald Trump va derrumbando aceleradamente los límites de toda práctica de gobierno y poder democrático. Esto se explica porque desde la derrota estadunidense en Vietnam en la década de los años setenta del siglo pasado, la Unión Americana ha pasado de ser una potencia hegemónica a un poder hegemónico, con lo cual ya no puede tocar la partitura en soledad, por el contrario, la tiene que compartir o arrebatarla para ejecutarla sin la participación de nadie más.
A un año de la llegada de Trump a la Casa Blanca, nada ni nadie parece que lo pueda o quiera detener; ningún botín parece ser suficiente a las ansias del republicano de quedarse con todo lo que él considera que le pertenece a Estados Unidos. Ninguna institución nacional o internacional le parece tener el valor suficiente para mantenerse como hasta ahora o permanecer dentro de ellas.
Estamos mirando cómo languidecen los límites, ora allende las fronteras de Estados Unidos, ora al interior de ese país; ora para los ciudadanos estadunidenses, ora para el resto de la población mundial.
Hacia afuera, Donald Trump revive con sus prácticas y discursos el monarquismo europeo que dominó el planeta de los siglos XV al XIX, sin que ninguna nación tuviese condiciones para detenerlo. Bajo esa política exterior militarista las naciones colonialistas establecieron como base de su crecimiento y desarrollo la expoliación de recursos naturales de los territorios conquistados.
Hacia adentro de su país, el republicano está convirtiendo a la nación en una zona donde el ejercicio de los derechos ciudadanos se vuelve razón suficiente para ser detenido y criminalizado por las autoridades. No solo eso, Trump amenaza constantemente en poner en marcha la Ley de Insurrección de 1807 para detener las crecientes manifestaciones callejeras de rechazo a sus políticas antimigrantes.
La ley de insurrección de 1807 es una legislación poco utilizada que permite al presidente utilizar tropas militares o federalizar tropas de la Guardia Nacional para reprimir protestas incontrolables u otras situaciones de disturbios civiles en los estados. Trump lo ha dejado en claro: “Si los políticos corruptos de Minesota no obedecen la ley y no detienen a los agitadores profesionales e insurrectos de atacar a los Patriotas de ICE que solo están tratando de hacer su trabajo, instituiré la LEY DE INSURRECCIÓN, que muchos presidentes han hecho antes que yo, y rápidamente pondré fin a la farsa que está teniendo lugar en ese otrora gran Estado”.
Lo que está sucediendo en Estados Unidos a consecuencia de las políticas trumpianas ya ha dejado atrás el discurso “legitimador” del “control migratorio”, lo mismo sucede en otros países donde el desgastado lenguaje del “fortalecimiento de la democracia y la lucha contra el narcotráfico” ha dado paso al robo de los recursos naturales, el secuestro de presidentes y la conquista de nuevos territorios.
Hoy, como no lo habíamos visto desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está empeñado en apoderarse de todo lo que los gobiernos y la sociedad le permitan. Los límites al saqueo estadunidenses se están desvaneciendo.