En este inicio del 2026, el debate sobre la Reforma Electoral se atizó y volvió al centro de la discusión, pero esta vez con unos matices que han puesto de cabeza al grupo morenista. En principio, la reforma propuesta por la presidenta Sheinbaum, más que responder a diagnósticos técnicos, obedece a cálculos políticos que, como es de esperarse, favorecen al partido en el poder, y ponen en riesgo todo lo demás, con cambios radicales como la eliminación de la representación plural en el Congreso de la Unión y el debilitamiento del Instituto Nacional Electoral (INE).
La reforma para nada llega en abstracto, ni sorprende, se ha venido insertando en la misma línea discursiva y operativa de Morena, de concentración del poder, ataques sistemáticos a la democracia, y la imposición de sus propias reglas para jugar un juego que busca ganar a toda costa. Sin embargo, no es difícil entrever que lo que hay detrás del telón es la puesta en marcha de un plan para aniquilar el andamiaje democrático, que ha permitido la alternancia, la pluralidad y la estabilidad social en el país, con miras a instalar su proyecto de forma definitiva.
Las reacciones dentro del propio bloque oficialista ilustran perfectamente que con esta reforma sólo hay un ganador. El Partido del Trabajo y el Partido Verde no ocultaron sus reticencias ante la reducción del financiamiento a partidos políticos y a la figura de los plurinominales, lo que obligó a ponerle freno de emergencia al proyecto, ante la amenaza de no contar con la mayoría para su aprobación. En esta misma línea, resulta difícil de entender la ingenuidad de Morena para creer que estos dos partidos, que históricamente han vivido de lo que justo la presidenta propone eliminar, apoyarían tal propuesta.
En otra parte del escenario, las consejeras y consejeros del INE exigieron respeto al Artículo 41 Constitucional, que defiende su autonomía, personalidad jurídica y patrimonio; pidieron además un presupuesto vinculado al PIB nacional, para no estar sujeto a decisiones políticas, pero Pablo Gómez, presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, rechazó ambas peticiones.
Mientras tanto, el PRI ha manifestado de manera reiterada su oposición a esta reforma porque lo único que busca es afianzar el control permanente de Morena en el país. Fue el propio PRI quien sentó las bases para que hoy existan expresiones diversas en el poder político; fue también durante los gobiernos del PRI que se creó el Instituto Federal Electoral (IFE, hoy INE) en 1990 dándole todas las atribuciones para convertirlo en el árbitro electoral que dio paso a la alternancia política en México.
Las vicisitudes y tensiones desdobladas en el debate por la reforma han obligado a Morena a replantear su proyecto, aunque sabemos que no cambiarán su propósito de debilitar los contrapesos y rediseñar las reglas para su beneficio. Lo que tenemos claro es que México merece más, no menos democracia.