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Laura Castro Golarte
Laura Castro Golarte
"Laura Castro Golarte es periodista independiente y activa desde hace más de 40 años; politóloga y doctora en Historia Iberoamericana por la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros. "

Milagro mexicano y apertura comercial

19 enero 2026
|
05:00
Actualizada
20:04

A mediados del siglo pasado, poco después de la Segunda Guerra Mundial, México estuvo de moda. De la mano con Estados Unidos, porque a ese país le convenía, y bajo el paraguas de la política del buen vecino implementada por Franklin D. Roosevelt desde los años 30, nuestro país vivió lo que se conoce como “milagro mexicano”, un periodo en el que el crecimiento económico fue alto, la población más o menos tenía poder adquisitivo y las expectativas de desarrollo eran alentadoras.

No por nada se llamó así, milagro mexicano, con una duración entre dos y tres décadas dependiendo de los analistas y de las fuentes. Algunos sostienen que este periodo empezó hacia finales del sexenio de Lázaro Cárdenas y otros lo ubican, el arranque, en la presidencia de Manuel Ávila Camacho.

De las diferentes acciones, medidas y/o circunstancias que implicó el milagro mexicano quiero destacar una que luego llevó a un cambio radical y crítico en materia económica, porque, hay que decirlo, en muchos sentidos el milagro mexicano no fue tal, las inconformidades de varios sectores se multiplicaban y las manifestaciones sociales eran cada vez más frecuentes: ferrocarrileros, médicos, maestros y estudiantes, por mencionar las principales. Aquí inicia y con fuerza, la consolidación del sistema político mexicano autoritario, represor, que conocimos y padecieron muchos en la segunda mitad del siglo XX.

Me refiero a la sustitución de importaciones. La aplicación de este concepto significaba que la industria mexicana era protegida mediante la imposición de aranceles a productos de otros países. La idea era que la producción industrial fuera mexicana en su totalidad o en la mayor parte y lo que por lo general se importaba, se fabricaría en México.

Funcionó para algunos, pero para muchos no. Lo que sucedió fue que el gobierno mexicano empezó a ser acusado de prácticas proteccionistas que, lejos de impulsar a los industriales mexicanos, los perjudicaba porque muchos se durmieron en sus laureles y producían insumos de muy baja calidad. El contrabando, la fayuca, como se le conocía popularmente, vivió sus tiempos de gloria.

Pues bien, las exigencias de Estados Unidos, ya en los años sesenta, para que México se abriera al mundo, al comercio exterior y a la todavía no identificada como globalización, empezaron a ser cada vez más y más fuertes y constantes. Además de lidiar con las circunstancias internacionales, más los conflictos y cuestiones derivadas del petróleo, el milagro mexicano se cayó, quedaron expuestas sus deficiencias y los gobiernos autoritarios le abrieron la puerta de para en par a la corrupción que se sumaba o era parte de ella, la ineficiencia de la administración pública, ya fuera federal, las estatales o las municipales. Desastre.

Ya sabemos ¿no? Enriquecimientos inexplicables e ilícitos, por supuesto; malas decisiones, endeudamiento, caída de los ingresos de los mexicanos y de su poder adquisitivo, crisis cambiaria con sucesivas y cada vez más profundas devaluaciones, pobreza y desigualdad más un aumento considerable en las inconformidades sociales con todo y que eran brutalmente reprimidas. Son los tiempos de la guerra sucia.

Después de los sismos de 1985, es Miguel de la Madrid el que abiertamente mete a México a la dinámica neoliberal con la apertura que implicó el ingreso al Acuerdo General de Aranceles y Comercio, el famoso GATT por sus siglas en inglés. Se empieza entonces con una apertura para la que México no tenía condiciones después de que su planta industrial, sobreprotegida, era ineficiente salvo algunos ramos exitosos como el cemento.

Hay que ver los números del sexenio de De la Madrid para acordarnos tantito de cómo se profundizó la crisis, la pobreza extrema y las desigualdades.

No contentos con eso, el PRI, dueño del sistema político mexicano autoritario, dizque para “legitimarse” después del fraude de 1988, discurrió ampliar su inclusión en el mundo y nos vendieron muy bien el cuento de la globalización y del libre comercio con la promesa de llegar, por fin, al primer mundo.

Fue cuando se negoció, se firmó y entró en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, con grandes desventajas para nuestro país, particularmente en los ingresos de los trabajadores mexicanos y la ausencia, hasta la fecha, de un acuerdo migratorio. Estamos ya en 1994.

De entonces a la fecha, fue una cantaleta de los empresarios —y con justa razón— la urgencia de que México se diversificara en cuanto a los mercados con los que tenía convenios o relaciones comerciales; no podía apostar todas sus fichas sólo en Estados Unidos o en el acuerdo del llamado entonces TLCAN. Nunca sucedió. Sí, hay una larga lista de tratados comerciales, pero ninguno con los niveles de intercambio como el de América del Norte; claro que separarse, desprenderse o de plano, desconocerlo, afectaría mayormente a nuestro país, digo, para quienes afirman que no se ha hecho lo suficiente para atender la urgencia de la diversificación; el margen de maniobra es mínimo, casi nulo.

Pues bien, como habrá deducido el lector, todo este preámbulo tiene que ver con esta afirmación del presidente del vecino del Norte (nada qué ver con aquella política del Buen Vecino que era exactamente al revés de lo que está haciendo ahora  Donald Trump) en el sentido de que para Estados Unidos el T-MEC es irrelevante, que no necesita los productos mexicanos ni canadienses, justo cuando está en proceso la negociación programada para el inicio de este año.

Las repercusiones no se han hecho esperar y bueno, el viernes pasado, el primer ministro de Canadá realizó una visita oficial a China que claro que no está peleada con el libre comercio promovido y exigido por Estados Unidos desde el siglo pasado. En cuanto a México, se reiteran las ventajas, ganancias y beneficios que han tenido los tres países desde 1994 y, claro está, que las condiciones del tratado pueden mejorar.

Un punto significativo que se empezó a atender desde 2018 a la fecha tiene que ver con los salarios en México. Antes de 2018 no se aumentaban porque se aducía que aumentaría la inflación exponencialmente y que México perdería productividad; pues no, ya estamos viendo que no, al contrario. Con todo, toca aportar para que el tratado se mantenga dada la vinculación extrema de las economías de los tres países y sí, Estados Unidos también lo necesita, no sólo se trata de automóviles.

Hay analistas que vaticinan el fin del libre comercio como lo hemos conocido en los últimos 40 o 50 años; y hay quienes sostienen que Trump tendrá que dar marcha atrás a sus constantes amenazas. Ya veremos, como todo lo que pasa con respecto al vecino norteño, hay circunstancias incluso internas en Estados Unidos que pueden llevar a un cambio de estrategia, a un rediseño de prioridades. La incertidumbre prevalece, es cierto, pero no es cualquier cosa decir, “es irrelevante”. Esa afirmación ya movilizó a Canadá y en México, de manera paralela, se trabaja en polos de desarrollo y en relaciones con otros mercados.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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