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26 enero 2026
Ismael Ramírez
Ismael Ramírez
Especialista en Medicina Familiar. Maestro en Farmacología. Dr. en Investigación Psicológica

Síntomas de la madre por decepción de sus hijos adultos

24 enero 2026
|
05:00
Actualizada
16:26

El caso real que narro hoy tiene como objetivo demostrar que centrarse en la persona está íntimamente unido a pensar en el contexto familiar del paciente que atendemos. El argumento de que el método clínico centrado en la persona es individualista es falaz; por el contrario, este método aborda lo que es necesario del contexto en cada caso, al ritmo y con la anuencia del paciente; jamás en contra de su voluntad. Un principio en la medicina general académica es que los familiares están presentes en todas las consultas; a veces están físicamente presentes, pero siempre en las relaciones y en los rasgos de personalidad de los(as) presentes. Lo dicho vale para la familia del paciente y la del médico (la conciencia en este último se da con entrenamiento adecuado o tal vez nunca logre percibirlo). En el ejemplo de hoy veremos que los hijos adultos pueden ser factores de enfermedad física y psicológica de sus padres.

La Señora M entra e inicia la consulta en cuanto le dije pase: “Buenas tardes doctor. Mire, me siento mal, me duele la garganta, la tos no se me quita; no sé qué tengo, como que me va a dar gripa, pero ni me da, no me fluye, ni se me quita. Ya me dieron unas medicinas hace cuatro días y yo no me compongo, también me duele la cabeza, me falta fuerza…”. 

La Señora M, mujer de 66 años, de clase media alta, con peinado impecable y maquillaje esmerado expresa su desesperación… veo en el expediente que recibió amoxicilina y ranitidina cuatro días antes. Para entender qué le estaba pasando, pregunté: ¿Además de los síntomas que ya me dijo, tiene otras molestias? 

“Sí, a veces me falta el aire, estoy temblorosa, me siento nerviosa, me siento cansada”.

Es decir, sentía comprometido todo su organismo. Empecé a revisarla mientras conversábamos. Encontré su faringe ligeramente roja, sin anormalidades en su cuello, su tórax, sus oídos. Las posibilidades diagnósticas al momento eran  infección respiratoria alta por virus, tal vez depresión y síntomas corporales por sufrimiento (antes decíamos “somatización”). Al mismo tiempo me preguntaba dentro de mí: ¿Cómo comunicar mis hipótesis a esta paciente que veo por primera vez, y de la que no sé nada de su contexto? No pensé las palabras, solo las expresé: Señora M, sus pulmones están muy bien. Estoy completamente seguro de que no hay complicación, y parece que quiere darle una gripa, su cuerpo se está defendiendo muy bien. Respondió: “Que bueno doctor, eso me tenía preocupada”. 

Su aceptación me permitió decirle que ya no era necesario seguir tomando antibióticos. Seguí explicando: Tengo la impresión de que su cuerpo está expresando cierta tensión que parece haber en su mente, tal vez preocupaciones, no sé (hice silencios pausados). Los ojos de la Señora M se llenaron de lágrimas, la miré con calma como diciendo que estaba bien llorar y que se tomara el tiempo para ello. Suspiró y dijo el motivo de su pena: “Estoy a punto de perder mi casa, ya me embargaron todos mis muebles, estoy desesperada”. 

Sentí su angustia, gimió, respiró un poco y relató que los embargos fueron por las deudas de sus hijos, lloró fuertemente con suspiros entrecortados… Para esas fechas, yo ya podía unir mi compasión a la ecuanimidad, así que sin hacer juicios acepté su sufrimiento, su impotencia, rabia, decepción respecto a sus dos hijos. La Señora M, era viuda de seis años a la fecha. Después de la catarsis fue fácil acordar con ella el inicio de un antidepresivo que le ayudara a dormir, no porque intentara tratar una depresión, sino porque vi en el expediente que le habían indicado alprazolam cuatro semanas antes. Es decir, estuvo buscando ayuda un mes antes con síntomas de insomnio, pero no fue comprendida como persona. El alprazolam aumentaba la posibilidad de desarrollar depresión, además de dependencia al medicamento. Al final de la primera consulta sonrió un poco y me hizo un halago:  

“No sé por qué, pero me siento aliviada. Qué bueno que lo conocí doctor, nunca había consultado a un médico familiar”. 

Le di las gracias por su confianza al haber compartido su pena conmigo.

Consultas subsecuentes

La Señora M siguió mejorando de su estado de ánimo; cambié el antidepresivo a uno que no le hiciera aumentar de peso. A los seis meses dejé de verla. Había buscado consejo legal para protegerse de las demandas contra sus hijos. Nunca más quiso abordar su historia de vida y la historia de su relación con sus hijos. Yo respeté sus límites, su salud era buena, su capacidad funcional en la vida diaria estaba fuera de duda.

Consideraciones didácticas

Este tipo de consultas son frecuentes en el primer nivel de atención; pero son enfocadas solo en el terreno biológico. O peor aún, el médico invade su privacidad al interrogar sobre cuestiones familiares que clásicamente son temas profundos “debajo de la línea”. Lisansky, desde 1967 nos enseñó que hay tres niveles del contenido del relato o narración en la relación médico-paciente: El nivel “por arriba de la línea” con temas que no representan amenaza emocional. Hablar del dolor, fatiga, ictericia (pie amarilla), tos, cefalea, las enfermedades de los ancestros, la historia médica personal y los síntomas de la enfermedad actual. En el “nivel  de la línea” están temas como el nivel educativo, el descanso, patrón de sueño, pasatiempos, rutinas diarias, gustos sociales. Y los temas delicados “debajo de la línea”, cuestiones que se consideran muy personales y potencialmente cargadas de culpa, vergüenza, rabia, u otros “negativos” culturalmente. Aquí se ubican los sentimientos y actitudes hacia sí mismo y las personas importantes alrededor, el sexo y el dinero, estados de ánimo, relaciones actuales o pasadas, opiniones de temas sensibles (1). Es una pena que pasen generaciones médicas sin tener esto claro; aquí está una falla ética causada por hacer el “estudio de la salud familiar” que pretende conocer “todos los riesgos de salud de una familia”.

Cuando solo se ve el lado biológico, el médico suele anotar en el expediente: “paciente con faringitis subaguda o crónica que no mejora”, cambia los antibióticos, o pide exámenes de laboratorio que no le van a ayudar a resolver el caso. También es común pida interconsultas a especialistas en nariz y garganta o en alergias; se suma la consulta al psiquiatra… El enredo se hace enorme como describí en el capítulo de “conspiración del anonimato” (2). 

Conclusión

La medicina centrada en la persona es un paradigma filosófico que además de entender la enfermedad o queja del paciente, sabe que hay un contexto familiar actual o pasado en cada persona que atiende. El método clínico centrado en la persona permite abordar esta integralidad. La ecuanimidad compasiva es el pegamento que unifica flexiblemente a ese método clínico y que fortalece la relación médico-paciente. El paciente está siempre en libertad de acotar o ampliar lo que desea, quiere y puede compartir con su médico. Si el médico no tiene continuidad en la atención de los pacientes, gran parte del conocimiento compartido se pierde; dado que no es transferible y no puede ser registrado en un expediente clínico de uso común. Elegir al médico familiar/general, mantener la continuidad de los cuidados de salud, es crucial para un sistema de salud de alta efectividad.

(Este caso fue presentado en el IV Congreso Iberoamericano de medicina familiar, en Tijuana, B.C., en mayo de 2019. Para ilustrar un enfoque centrado en la persona).

Referencias

  1. Sohr, E. (1996). The difficult patient. Miami., Florida, EE. UU.: MedMaster.
  2.     https://quierotv.mx/2025/03/22/la-conspiracion-del-anonimato

 

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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