Este domingo, al terminar la carrera de 10 kilómetros por el Día del Policía, recorrí el Parque de las Niñas y los Niños en Zapopan. Mientras avanzaba, observé a familias descansando en el pasto, niñas y niños patinando en el módulo de skate y personas adultas mayores caminando con calma.
Este parque, inaugurado en 2021, es hoy uno de los espacios públicos más vivos de la ciudad. Pero hace apenas unos años, sus 53 mil metros cuadrados estaban ocupados por bodegas, talleres y edificios abandonados. Donde hoy hay juegos, áreas verdes y convivencia familiar, antes era un espacio olvidado y desolado.
El Parque de las Niñas y los Niños es un ejemplo claro de cómo la recuperación del espacio público también es una forma de recuperar la vida comunitaria. Escenas como esta nos recuerdan que los parques, las plazas y los centros comunitarios no son un lujo ni un adorno para la ciudad. Son lugares donde nos encontramos con otros, donde convivimos con personas distintas a nosotros y donde se construye, casi sin darnos cuenta, un sentido de pertenencia.
En medio de la prisa diaria, del trabajo, el tráfico y las pantallas, estos espacios se vuelven respiros colectivos. Son puntos de encuentro que nos igualan en nuestras diferencias y nos permiten volver a mirarnos como vecinos, no sólo como desconocidos que comparten la misma calle. Esta idea no es sólo una percepción personal. El sociólogo urbano Eric Klinenberg, en su libro “Palaces for the People”, sostiene que los espacios públicos bien cuidados funcionan como “infraestructura social”. Es decir, como lugares que fortalecen las relaciones entre las personas, reducen el aislamiento y ayudan a que las comunidades sean más solidarias y resilientes.
Según Klinenberg, cuando una ciudad invierte en parques, bibliotecas o centros comunitarios, no sólo mejora su imagen urbana: también construye condiciones para una mejor convivencia y para una vida social más sana.
En Zapopan, esta visión se ha traducido en una forma distinta de entender el espacio público. Aquí no sólo se construyen parques o canchas desde el gobierno: también se le pregunta a la gente qué necesita y dónde lo necesita. A través del Presupuesto Participativo, las y los vecinos proponen y votan proyectos para decidir cómo y dónde se construyen o rehabilitan espacios públicos en sus colonias. Este ejercicio reconoce algo fundamental: quienes viven en un barrio son quienes mejor conocen sus problemas, pero también su potencial.
Que la ciudadanía decida sobre el espacio público es una apuesta por lo colectivo en una época dominada por soluciones individuales. Es aceptar que la ciudad no se construye únicamente desde los escritorios, sino desde el diálogo con la comunidad. Además, cuando un espacio se elige y se diseña en conjunto, se cuida más y se defiende mejor, porque deja de sentirse ajeno y se vuelve verdaderamente propio.
Invertir en lo público y abrir su diseño a la participación ciudadana no sólo mejora la infraestructura urbana. También fortalece la democracia local y reconstruye la confianza entre gobierno y ciudadanía.
En tiempos de prisa, donde todo parece urgente y desechable, apostar por lo común sigue siendo una de las decisiones más sensatas y necesarias para construir ciudades más justas, más humanas y más habitables.