En días recientes se llevó a cabo en Davos, Suiza, la reunión anual del Foro Económico Mundial, un espacio donde las principales voces de la política, la economía y el pensamiento global se dan cita para interpretar las tendencias que marcarán el rumbo del planeta. Este año, la agenda estuvo marcada por tensiones geopolíticas, debates sobre la cooperación internacional y un cuestionamiento profundo al modelo de relaciones que ha imperado desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La participación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se convirtió en una de las más esperadas en el encuentro. Su discurso causó revuelo al reavivar la controversia sobre Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca que, por razones estratégicas, ha sido objeto de propuestas estadounidenses de negociación. Aunque Trump aclaró que no buscaría tomar la isla por la fuerza, su insistencia en que Estados Unidos debe asegurar “la seguridad” de la región encendió las alarmas de aliados europeos (países miembros de la OTAN) y de Canadá.
La respuesta más resonante vino del primer ministro canadiense Mark Carney, quien en Davos advirtió que el orden mundial basado en reglas ya no está regresando y llamó a las potencias medianas —como Canadá— a actuar conjuntamente para proteger sus intereses frente a los impulsos unilaterales de grandes potencias —particularmente Estados Unidos—. Sus palabras fueron aplaudidas por la audiencia global y, en contraste, subrayaron la fractura que hoy enfrenta la cooperación transatlántica.
En medio de este escenario, México optó por una participación discreta. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo decidió no asistir en persona al foro y en su lugar envió a la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena, acompañada de la empresaria Altagracia Gómez, para presentar el modelo mexicano de desarrollo con justicia social y sostenibilidad ambiental.
La ausencia de la mandataria en Davos puede interpretarse desde múltiples ángulos. Por un lado, responde a prioridades internas y a una agenda centrada en asuntos domésticos, algo que cualquier jefe de Estado debe equilibrar. Por otro, envía un mensaje más sutil sobre la posición internacional de México en tiempos de tensión geopolítica: un país que prefiere ser escuchado a través de su representación y sus propuestas, antes que exponerse en un escenario de grandes presiones y confrontaciones.
Queda, sin embargo, la pregunta de fondo: en momentos en que se discuten las reglas que regirán el comercio, la cooperación y la seguridad global, ¿cuál debe ser el papel de México? La participación delegada puede ser adecuada para ciertos temas, pero la ausencia de la máxima representación política limita la visibilidad de nuestra postura en un foro donde se configuran alianzas, se negocian intereses y se anticipan tensiones futuras.
Davos no es un escaparate elitista ni un ritual diplomático sin consecuencias: es un termómetro del orden global y de las prioridades de quienes lo construyen. Y en un mundo donde la competencia entre grandes potencias redefine compromisos, economías y alianzas, México tiene mucho más que ganar si está en la mesa de decisiones, y no solo como un actor secundario en la audiencia.