La Organización de las Naciones Unidas (ONU) atraviesa uno de los momentos más críticos desde su fundación. Cuestionada por su ineficacia frente a los grandes conflictos contemporáneos y erosionada por la desconfianza de las potencias, la ONU vuelve al centro del debate tras la propuesta de Donald Trump de crear una “Junta de Paz” que la sustituya. Más que una idea aislada, el planteamiento revela una transformación inquietante del orden internacional.
Según Trump, la ONU es un organismo sobredimensionado, burocrático y políticamente paralizado. Su alternativa sería un ente reducido, integrado por las principales potencias, con capacidad real para imponer acuerdos y garantizar estabilidad. La premisa es simple: menos debate, más acción. Pero también más poder concentrado.
La ONU nació tras la Segunda Guerra Mundial con un objetivo ambicioso: evitar que el mundo quedara nuevamente a merced de la lógica del más fuerte. Su estructura buscó combinar representación universal con mecanismos de seguridad colectiva. Sin embargo, el sistema ha mostrado límites evidentes. El derecho de veto, las divisiones geopolíticas y la incapacidad para frenar guerras prolongadas han debilitado su autoridad moral y política.
La “Junta de Paz” no intenta corregir esos defectos, sino asumirlos como norma. En lugar de un foro multilateral, propone un directorio de potencias donde la paz se negocia entre quienes tienen capacidad militar, económica y política para imponerla. El resto de los países queda relegado al papel de espectadores. No se trata de un nuevo orden internacional, sino de un regreso a una versión modernizada del concierto de potencias.
¿Está la ONU en proceso de desmantelamiento? En términos formales, no. Continúa funcionando, emitiendo resoluciones y coordinando agencias humanitarias esenciales. Pero en términos políticos, su centralidad se ha reducido. Las grandes decisiones se toman cada vez más fuera de sus salas: en alianzas estratégicas, cumbres informales o acuerdos bilaterales.
La irrelevancia, más que la desaparición, es el verdadero peligro.
La propuesta de Trump se inserta en un contexto donde Estados Unidos ya no actúa como garante indiscutido del orden multilateral, mientras China y Rusia lo utilizan de manera selectiva. En ese escenario, la ONU sobrevive más por inercia que por liderazgo.
El dilema no es si la ONU es perfecta —claramente no lo es—, sino qué la reemplazaría. Una “Junta de Paz” puede parecer eficaz, pero institucionaliza la desigualdad y normaliza que la estabilidad global dependa de pactos entre unos pocos. Cuando la paz se gestiona como un acuerdo entre poderosos, deja de ser un derecho colectivo y se convierte en una conveniencia estratégica.
La ONU no está muerta, pero sí amenazada. Y su mayor enemigo no es su ineficacia, sino la tentación de abandonarla en lugar de reformarla.
Seguimos en conexión.