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28 enero 2026
Tzinti Ramírez
Tzinti Ramírez
Internacionalista y maestra en Historia y Política Internacional por el Graduate Institute of International and Development Studies (IHEID) en Ginebra, Suiza. Investigadora invitada en el Gender and Feminist Theory Research Group y en el CEDAR Center for Elections, Democracy, Accountability and Representation de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido. Miembro de la Red de Politólogas.

Atacar a los aliados: Trump inicia su segundo año

28 enero 2026
|
05:00
Actualizada
17:36

La tragedia estratégica de Trump no es su volubilidad, sino su analfabetismo histórico sobre qué han representado los aliados de Estados Unidos desde 1945. La red atlántica y del Pacífico no se construyó por amor a la democracia, sino como arquitectura pragmática de poder. Washington ofrecía un paraguas militar, acceso a su mercado, tecnologías y moneda. A cambio obtenía establecimiento de bases militares, inteligencia y, sobre todo, aplausos a su “legitimidad”.  EE.UU. gozó durante el siglo XX, y menos en las primeras dos décadas del XXI, de la capacidad de presentar su interés nacional como necesario para la “estabilidad” para todos. Ese relato era una pieza funcional del sistema. Sin él, la hegemonía se vuelve más burda y costosa.

Incapaz de entender que la hegemonía también se sostiene en una puesta en escena, una versión Mickey Mouse de prosperidad compartida, Trump ha desgastado hasta un punto de no retorno la legitimidad estadounidense y la ha sustituido por coacción directa y pública. Eso, en relaciones internacionales, se lee como indicador de declive dentro del ciclo hegemónico.

El declive no se define por falta de fuerza, sino por la incapacidad creciente para convertirla en consentimiento. Cuando el hegemón deja de producir un orden que otros, incluso en el centro, consideran conveniente, ocurren dos cosas. Primero, el poder necesita presionar más para obtener menos. Segundo, se rompe la distancia entre relato y experiencia: la lectura del ejercicio “real” del poder por parte de otras potencias empieza a parecerse, al fin, a lo que la periferia ha advertido durante décadas desde el otro lado de la daga de la política exterior estadounidense: dictaduras apadrinadas, intervenciones, atropellos, crímenes, injusticias y silencios cómplices de otras potencias occidentales que hoy se muestran sorprendidas.

Es aquí cuando la hegemonía comienza un claro proceso de deformación y debilitamiento: manda sin convencer y, al hacerlo, muestra a sus aliados que es tiempo de aprender a vivir sin ella. Groenlandia volvió visible este resquebrajamiento. En enero, Trump ligó su obsesión por “comprar” y luego “poseer” Groenlandia a amenazas arancelarias contra Dinamarca y otros países europeos. No importa la viabilidad de la ocurrencia, sino su efecto inmediato: abrir cálculos sobre cuánto riesgo añade una relación monogámica con Washington frente a escenarios de diversificación y apalancamiento.

En ese clima apareció Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos. Carney un experto en el poder y su ejercicio, formado en el núcleo duro de las finanzas globales, y después dirigiendo el banco central de Canadá durante la crisis de 2008 y el mismísimo Banco de Inglaterra en época del Brexit, sostuvo sin tapujos que el orden basado en reglas se está rompiendo incluso para quienes lo respetaban entre sí, y llamó a las potencias medias a coordinarse frente a la coerción. Carney rompió la actuación.

La consecuencia práctica del discurso contra Washington está en la dirección hacia la que voltea Canadá: China. Carney había viajado a Beijing para anunciar un reinicio de concesiones arancelarias mutuas. China reduciría aranceles a la canola canadiense y otros productos, mientras Canadá abriría cupos a vehículos eléctricos chinos con un arancel menor al de 2024. Ottawa busca margen de maniobra para depender menos de un mercado estadunidense que absorbe alrededor de 70 por ciento de sus exportaciones. Trump, en cambio, solo atinó a patalear: amenazó con un arancel de 100 por ciento si Canadá profundiza con Beijing y, casi al mismo tiempo, lanzó advertencias contra aliados europeos como Francia, Alemania y Dinamarca por participar en un patrullaje militar reciente en torno a Groenlandia.

La ficción del liberalismo y la democracia, aun a modo, ampliaba el radio de influencia estadunidense sin convertir cada desacuerdo en amenaza pública. Al hacer explícitas las ansias de dominio, Trump obliga incluso a sus socios a leer a Washington sin ilusiones y acelera su aprendizaje defensivo. Lo que sigue son reacomodos, diversificación, acuerdos paralelos y alianzas alternativas. Dinámicas que hasta hace poco parecían difíciles de concretar. La administración Trump volvió idioma la amenaza: castigar a los aliados, castigar a los “enemigos”, castigar a los de en medio. Y así perdió de vista que, eventualmente, los castigados terminan por voltear a verse.

 

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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