La pantalla se fue a negros y de inmediato pensé (recordé) que la rabia adolescente es tensa y consustancial… y que se roza con el capricho y el trauma, que es una fuerza motora de efectos impredecibles. Es una furia transformadora hacia adentro (en un torrente dejamos la infancia y entramos al limbo) y hacia afuera (arrasa todo a su paso, nos hace conscientes de nuestro poder, aunque no tengamos control de él). “La virgen de la tosquera”, de Laura Casabé, inspirada en relatos de la gran Mariana Enriquez, es una pieza sobre la adolescencia, sobre los vacíos que hay que colmar, sobre las experiencias que ya nos urge vivir, sentir y devorar, sobre las pulsiones que nos sobrepasan, sobre nuestros perros rabiosos.
Dolores Oliverio interpreta con convicción a Natalia, una joven argentina que se entera de que Diego, el chico que le gusta, anda por ahí. Tras reunirse y conocer a la nueva amiga del chico —Silvia, una mujer que parecería ir sobrada de buena onda y que sigue anclada a la adolescencia—, terminan pasando ese caluroso verano nadando y tomando el sol en una tosquera. Pero Natalia y Silvia sienten atracción por Diego, cosa que irá tensando los ánimos en el grupo. Al mismo tiempo, un indigente ha dejado un fétido y nauseabundo carrito de supermercado aparcado frente a la casa de Nati, para disgusto de los vecinos. Por si fuera poco, el país va pasando por un momento complicado política, económica y socialmente (son los albores de este siglo): la crisis está fuerte en Argentina, pero, bendito Dios, la gente puede ver a Susana Giménez en la tele.
En este relato de angustia juvenil que crece y crece en potencia dramática, desasosiegos y alcances temáticos, se revisan algunas fijaciones que pueden embestirnos en los años mozos, como la expulsión del intruso —esa persona que llega a destruir el status quo, el lugar seguro en una edad insegura—, los celos inadvertidos y el despertar del deseo, sobre todo cuando se trata de la infame, dolorosa y malformada “primera atracción”, todo con un toquecito escabroso. El filme está articulado con recursos del “coming of age” y del cine de género, del terror sobrenatural, para darnos una tortuosa delicia fílmica.
En “La virgen de la tosquera” vemos cómo los penares de la adolescencia alcanzan magnitudes insospechadas. Mientras el mundo se viene abajo —hay apagones, desabasto de agua, hay que apañárselas como se puede—, no hay nada peor para Natalia que no poder tener lo que más desea: Diego. Parecería que la protagonista, abandonada por sus padres y siempre en posición de combate, no puede costearse otra carencia afectiva más. De alguna forma tiene que apagarse el fuego. Sus rituales —los juveniles y los místicos— se ejecutan con parsimonia, con la promesa de que llegaremos a un final estridente. Y la promesa se cumple.
“La virgen de la tosquera” es un chapuzón en agua fresca que se convierte en otra cosa, en algo terrible, aciago, fatal. El que entre adolescentes anda, a ladrar se enseña.