En México, la desaparición de personas dejó de ser una excepción para convertirse en una posibilidad cotidiana. No ocurre solo en parajes lejanos o en contextos extremos: ocurre en trayectos comunes, en decisiones aparentemente simples, en lugares que forman parte de nuestra rutina. A veces empieza con una cita de ligue, una oferta de trabajo, otras con un viaje. Y casi siempre con una frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: “ya voy en camino”.
Las centrales camioneras, esos espacios que durante décadas simbolizaron movilidad, reencuentros y despedidas, hoy están cruzadas por una realidad más oscura. Para miles de jóvenes, hombres y mujeres, son puntos de riesgo. Lugares donde el crimen organizado ha aprendido a operar con sigilo: reclutando, enganchando, trasladando. No es casualidad que colectivos de búsqueda, autoridades locales y familias repitan el mismo patrón que en la mayoría de los casos empiezan ahí, entre una taquilla y un andén.
Por eso es relevante que, al inicio del nuevo periodo de sesiones en la Cámara de Diputados, se haya puesto sobre la mesa una iniciativa para regular la seguridad en las centrales camioneras al ser infraestructura crítica de seguridad nacional.
Legislar en este contexto no es un trámite: es una forma de asumir que el Estado llegó tarde a un problema que ya es estructural. La propuesta es concreta, y buscamos establecer controles de identidad, trazabilidad de trayectos para saber quién aborda, en dónde y cuál es el destino donde baja del transporte, así como protocolos de protección para prevenir y que la libertad de tránsito no se convierta en vulnerabilidad.
Pero también hay que decírnoslo a los ojos: ninguna ley, por robusta que sea, será suficiente si seguimos actuando como si la desaparición fuera un tema ajeno. Si seguimos normalizando silencios, incomodidades, señales de alerta. La desaparición forzada no empieza cuando alguien deja de contestar el teléfono; empieza mucho antes, cuando nos dan pistas que no detectamos y alguien dice que no se siente seguro, que algo no le cuadra, que hay alguien insistente incomodándole, que va a ver a una persona que no conoce, que nadie le entiende o que el plan cambió de último momento.
Encender las alertas ciudadanas es tan importante como aprobar reformas. Hacer redes, escuchar, preguntar, acompañar. Volver a mirar con atención lo que antes dábamos por sentado. Porque muchas veces la diferencia entre desaparecer o no, está en que alguien más se dio cuenta.
Hace poco se conoció en medios una historia que lo ilustra con crudeza y esperanza al mismo tiempo. Una joven tomó un viaje en una plataforma digital rumbo a una central camionera. En la conversación casual con el conductor, contó que iba a ver a alguien que había conocido por redes sociales, que no lo había visto en persona y que le habían prometido trabajo. El conductor notó nerviosismo, contradicciones, miedo. No era un policía, no era una autoridad, era solo alguien que escuchó.
Detuvo el auto en la gasolinera más cercana y llamó a emergencias. La joven nunca llegó a la central. Las autoridades intervinieron evitando una posible desaparición. Ese acto simple de escuchar, sospechar y actuar salvó una vida. No hubo ley de por medio, hubo conciencia.
Hoy México necesita ambas cosas: legislación que cierre vacíos y ciudadanía que no mire hacia otro lado. Necesita instituciones que prevengan, pero también personas que se involucren. Porque la desaparición no es solo un problema del Estado, sino una tragedia social que se alimenta del silencio, de la indiferencia y de la idea peligrosa de que “a mí no me va a pasar”.
Regular las centrales camioneras es un paso urgente. Pero construir una cultura de alerta, cuidado y corresponsabilidad puede ser lo que realmente marque la diferencia. Que nadie vuelva a desaparecer sin que alguien haya preguntado antes: ¿estás bien?, ¿te sientes seguro?, ¿quieres que te acompañe?
En un país con más de ciento treinta mil personas desaparecidas, quizá la pregunta más política de todas ya no es solo qué vamos a legislar, sino qué estamos dispuestos a ver, escuchar y hacer, antes de que sea demasiado tarde.