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9 febrero 2026
Federico Torres López
Federico Torres López
Profesional de la comunicación con más de 40 años de experiencia en los ámbitos del sector privado, la política, el deporte y la academia. Director de programa en la Escuela de Comunicación de la UP en Guadalajara.

El meme político: entre el escozor y la caricatura

9 febrero 2026
|
05:00
Actualizada
22:10

El reciente video de Donald Trump en el que caricaturiza a figuras demócratas como Barack y Michelle Obama, volvió a encender una discusión que ya es habitual en la política contemporánea: ¿Hasta dónde puede llegar el humor político sin cruzar la línea de la ofensa? En tiempos dominados por redes sociales, memes y videos virales, la sátira ha dejado de ser un género marginal para convertirse en una de las principales armas de comunicación política.

El meme político, en cualquiera de sus formas —imagen, caricatura, video editado o animación— tiene como propósito exagerar, simplificar y provocar. Su eficacia radica precisamente en generar una reacción inmediata: risa, incomodidad, molestia. Ese “escozor” que produce en el adversario no es un efecto colateral, sino parte central del mensaje. La caricatura política, desde los periódicos del siglo XIX hasta TikTok, siempre ha buscado pinchar el ego del poder.

Sin embargo, provocar no es lo mismo que denigrar. Existe una diferencia clara entre ridiculizar una postura política y deshumanizar a quien la sostiene. Cuando el meme se limita a exagerar gestos, discursos o contradicciones públicas, opera dentro del terreno legítimo de la sátira. Puede incomodar, incluso irritar, pero no necesariamente ofende. El problema surge cuando la caricatura deja de apuntar a las ideas o al rol público y se convierte en un ataque personal basado en el desprecio.

El video de Trump se inscribe en esa tradición de humor político agresivo que busca consolidar identidades: el “nosotros” que se ríe frente al “ellos” caricaturizado. Para sus seguidores, el contenido resulta ingenioso y desafiante; para sus detractores, vulgar o de mal gusto. Ambas reacciones son previsibles y, en cierto modo, inevitables. El meme no busca consenso, busca adhesión emocional.

En una democracia saludable, el humor político cumple una función útil: desinfla solemnidades, expone absurdos y recuerda que ningún líder está por encima de la crítica. Pretender un espacio público libre de sarcasmo o burla es tan ingenuo como peligroso. No obstante, también es necesario exigir un mínimo de responsabilidad: la sátira pierde fuerza cuando se transforma en simple insulto.

Después de todo, el meme político no es el problema en sí mismo. Es un síntoma de una política cada vez más mediática y emocional. Puede causar escozor, sí, *pero mientras no reduzca al adversario a una caricatura odiosa e inhumana*, sigue siendo parte del juego democrático. Incómodo, ruidoso, a veces desagradable, pero legítimo.

Ha pasado tiempo desde que Dwigth Eisenhower utilizara por primera vez un spot animado de campaña de corta duración; era simple, pero decía mucho… Su rival, Adlai Stevenson, se negó a usar estas tácticas pues los comparaba con vender jabón o cereales. Tal vez, es   tiempo de reflexionar la conveniencia de regresar a lo básico y diseñar campañas menos ofensivas. El electorado lo agradecerá.

Amigo lector de quiero tv no olvidemos que estas piezas como la comentada hoy, se repetirán a lo largo de este año, dados los procesos electorales en México, las intermedias de Claudia Sheinbaum y las de Donald John Trump, en la que lleva notas bajas de popularidad. ¿Habrá que mover el avispero?

Seguimos en conexión.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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