La narrativa fundacional de Morena se desmorona. Aquellos discursos sobre desterrar la corrupción, los decálogos partidistas, los mantras no robar, no mentir y no traicionar y los exhortos presidenciales, fueron llamados a misa. Al día de hoy lucen más que un desgaste, una corrosión agresiva. La corrupción y las redes de la criminalidad entraron hasta la cocina. Morena pasó de ser “la esperanza de México” a ser un nido de ratas.
Los casos más recientes, lejos de ser excepciones aisladas, dibujan un patrón claro. Políticos surgidos o cobijados por Morena y sus partidos aliados, han sido descubiertos, investigados o detenidos por sus probados vínculos con la criminalidad o por antecedentes penales que nunca fueron declarados ante el electorado.
Los nombres varían, mientras las circunstancias son similares entre sí. El senador morenista Adán Augusto y los nexos con “La Barredora” en Tabasco; los juniors de Obrador, señalados por el huachicol fiscal; el diputado por el Partido del Trabajo, Leonardo Almaguer, y el reciente descubrimiento de sus antecedentes penales, el diputado federal y dirigente de este mismo partido, José Luis Sánchez y sus antecedentes por fraude en agravio de centenares de personas, y el más reciente caso del alcalde de Tequila, Diego “N”, detenido por extorsión y sus vínculos con la criminalidad, son solo algunos ejemplos de una lista que no deja de crecer.
En el bloque oficialista algunos callan, otros minimizan la situación. En peores casos hay quienes prefieren eliminar toda evidencia de apoyo o relación con los apestados, incluso quienes prefieren acusar que se trata de persecución política. Mientras tanto, la ciudadanía se pregunta quién los dejó entrar, quién les abrió las puertas para ocupar cargos públicos.
¿Alguien revisa los antecedentes de quienes aspiran a gobernar o legislar? La respuesta es evidente. Cuando fui candidata a la gubernatura de Jalisco en 2024, me sometí a distintas pruebas y exámenes de control y confianza, para decirle al electorado que podían confiar en mí; fui la única candidata que lo hizo, e hice públicos todos los resultados.
Lo que parece más grave todavía es que en medio de la discusión de una reforma electoral, Morena esté más ocupado en eliminar la representación plurinominal y debilitar al árbitro, que en plantear una reforma de gran calado que reforme los mecanismos de elegibilidad y los requisitos para quienes aspiren a las candidaturas; con esto queda claro que el criterio es ganar más poder a como dé lugar, no así, fortalecer la democracia y dar certeza a la ciudadanía.
En este entramado surgen otras preguntas cruciales: ¿quiénes nos gobiernan? Si pudiéramos acceder a plenitud a conocer su pasado, sus relaciones actuales, sus negocios y su vida privada, ¿estaríamos con un mayor sentimiento de seguridad o de inseguridad? También se abren otros debates como por ejemplo el de la moral, ¿deberían separarse del cargo los personajes señalados? Alguna vez alguien dijo “fuera máscaras”, pero no se imaginó lo que iba a pasar dentro de su propio partido.