El primer síntoma del sarampión es la fiebre alta, que aparece entre siete y catorce días después del contagio. En esta etapa inicial, la enfermedad ya es altamente contagiosa, incluso antes de que surja el sarpullido característico

El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa que suele iniciar con síntomas similares a los de un resfriado, lo que puede retrasar su detección. Especialistas en salud advierten que el primer síntoma característico es la fiebre alta, la cual aparece entre siete y catorce días después del contagio.
En esta fase inicial, las personas infectadas también pueden presentar tos seca, escurrimiento nasal, ojos rojos o llorosos y malestar general. Aunque todavía no se manifiestan las lesiones en la piel, el virus ya puede transmitirse, lo que incrementa el riesgo de propagación.
Entre dos y tres días después del inicio de la fiebre, pueden aparecer pequeñas manchas blancas con centro azulado en el interior de la boca, conocidas como manchas de Koplik, consideradas un signo distintivo del sarampión.
Posteriormente se desarrolla el exantema, un sarpullido de manchas rojas que comienza en el rostro y se extiende al resto del cuerpo. Este brote suele durar de cinco a siete días y puede acompañarse de fiebre persistente y debilidad.
Autoridades sanitarias advierten que, aunque la mayoría de los casos evoluciona favorablemente, el sarampión puede provocar complicaciones graves como infecciones respiratorias, diarrea severa o inflamación cerebral, principalmente en niños pequeños y personas no vacunadas.
Por ello, se recomienda mantener completo el esquema de vacunación con la triple viral (SRP) y acudir de inmediato a un centro de salud ante la presencia de fiebre y sarpullido o si se tuvo contacto con un caso sospechoso.