De entre todas las heridas que dejan las guerras, ocupaciones y asedios militares, las más infames son las que interrumpen violentamente la infancia, las que le ponen punto final a la niñez a punta de disparos, explosiones y privaciones. En Gaza, unos 20 mil niños han muerto y 41 mil han sido heridos en poco más de dos años. “La voz de Hind Rajab” de Kaouther Ben Hania, es el estrujante relato que —involucrando recursos del docudrama y del thriller— reconstruye lo vivido por una niña de seis años en medio de un ataque militar israelí.
El filme se articula gracias a la combinación de recursos naturales de la ficción y del documental: hay actores interpretando personajes a cuadro y también grabaciones de audio reales de la pequeña Hind mientras se encontraba oculta en un coche entre tanques, soldados y tiroteos. Así, el filme nos muestra las llamadas de emergencia que se registraron entre la niña y los voluntarios de la Media Luna Roja, además de la frustración derivada de la tortuosa misión de rescate.
La realizadora tunecina Kaouther Ben Hania ya antes ha mostrado interés en el cine humanista y político en piezas imperdibles como “El hombre que vendió su piel” y la reciente “Las cuatro hijas”. Empero, “La voz de Hind Rajab” es su pieza de mayor efecto público a la fecha. Su impacto es brutal; al terminar, deja los cines en absoluto silencio, a los espectadores impávidos, incapaces de escapar de sus asientos. Pero, sobre todo, la cinta exige ser conversada —aunque pensemos diferente— y compartida.
El relato, además, reflexiona sobre el impacto psicológico que tiene un conflicto como el de Palestina en las personas que lo viven de primera mano, en quienes atestiguan cómo la vida se les hace jirones. No hay manera de salir indemne tras experimentar situaciones así.
Nominada al Oscar y al Golden Globe como Mejor Película Internacional, ganadora del Premio del Jurado en la Biennale di Venezia y del Premio del Público en San Sebastián, la cinta —producida por Alfonso Cuarón, Brad Pitt, Rooney Mara, Joaquin Phoenix, Jonathan Glazer, Michael Moore y Spike Lee— hace que uno, inevitablemente, recuerde otros filmes sobre la infancia en tiempos de guerra y devastación que hay que ver y discutir: desde “La tumba de las luciérnagas” hasta “El niño con el pijama de rayas”, pasando por “Alemania, año cero”, “El laberinto del fauno”, “La infancia de Iván”, “Beasts of No Nation”, “Jojo Rabbit”, “Las tortugas pueden volar”, “Voces inocentes” y tantas más. Todas ellas narradas en claves diferentes —desde la fantasía hasta el drama fulminante— y explorando conflictos y momentos históricos distintos, pero con un denominador común: la amenaza que se cierne sobre los niños cuando la violencia militar los asume como “daño colateral”.
La potencia devastadora de “La voz de Hind Rajab” radica en obligarnos a escuchar aquello que preferiríamos no ver, no oír, no saber. Pero que haya infancias bajo asedio no admite matices cómodos ni lecturas tibias. La voz de una niña atrapada entre disparos debería atravesar cualquier postura ideológica y confrontarnos con una pregunta elemental: ¿qué clase de mundo estamos construyendo cuando la niñez se convierte en campo de batalla? El cine, en este caso, no ofrece consuelo; ofrece testimonio, huella, memoria que duele. No normalicemos ni justifiquemos lo atroz, lo intolerable.