Durante años, hablar de reformas electorales fue hablar de acuerdos entre partidos, de negociaciones en lo oscurito y de beneficios para las élites. Rara vez se pensaba en el ciudadano. Rara vez se preguntaban qué necesitaba la gente que paga impuestos, la que hace fila en el hospital, la que exige seguridad y oportunidades.
Hoy eso está cambiando.
La propuesta de reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum parte de una premisa distinta y profundamente democrática: poner al ciudadano en el centro, no a los partidos ni a los políticos.
Aunque el proyecto aún se encuentra en integración por la comisión que encabeza Pablo Gómez, las señales son claras. Se busca reducir el dinero público que reciben los partidos y transformar el mecanismo mediante el cual llegan al Congreso los legisladores plurinominales.
Y hay que decirlo sin rodeos: la gente está cansada de mantener estructuras que no le responden. La propia Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2023 lo confirma; los partidos y el Poder Legislativo están entre las instituciones que menos confianza generan. ¿Cómo no iba a ser así si durante décadas vieron pasar miles de millones de pesos mientras las colonias seguían sin agua y las clínicas sin medicinas?
Ese modelo se agotó.
La presidenta ha sido muy clara: si existen legisladores de representación proporcional, deben elegirse de una forma distinta, no a través de listas diseñadas por las dirigencias. Quien aspire a representar, tendrá que ir al territorio, mirar a la gente a los ojos, ganarse el respaldo popular.
Eso significa algo fundamental: más cercanía y más responsabilidad. Menos cuotas. Menos amigos del poder brincando directo a una curul.
Al mismo tiempo, se plantea recortar de manera importante el gasto del aparato electoral. México no puede seguir teniendo uno de los sistemas más caros del mundo, que solo en el año 2025 se gastó más de 65 mil millones de pesos entre partidos federales y locales, además del INE, en un año donde no hubo elecciones federales, mientras persisten carencias básicas. Cada peso que se ahorre en burocracia dorada puede convertirse en una beca, en una pensión, en atención médica, en infraestructura que sirva a todos y todas las familias.
De eso se trata la transformación.
No es una reforma con dedicatoria; es una reforma contra el privilegio. Es cerrar la puerta al viejo régimen PRIANISTA, que convirtió la política en un “club de Tobi” exclusivo, y abrirla para que mande el pueblo.
Lo que comenzó el presidente López Obrador hoy tiene continuidad: limpiar la vida pública, terminar con los abusos y devolverle a la ciudadanía el poder de decidir.
La democracia no puede seguir siendo un negocio. Tiene que ser un derecho pleno para los mexicanos.
Y hacia allá vamos.