El ‘sarampión atípico’ no es un nuevo virus, sino una secuela de una vacuna usada entre 1963 y 1967 que generó una respuesta incompleta

Los brotes de sarampión registrados en distintas regiones del mundo, incluido México, han reactivado una preocupación que parecía superada. En medio del ruido, un término comenzó a circular con fuerza: “sarampión atípico”. ¿Se trata de una nueva variante? ¿Es más peligroso? La respuesta es menos alarmante de lo que suena, pero tiene una historia que vale la pena entender.
El llamado sarampión atípico no es un virus nuevo ni una mutación reciente. Es una forma poco común de la enfermedad que se detectó principalmente en Estados Unidos durante las décadas de 1960 y 1970. Su aparición estuvo ligada a una vacuna antigua que ya no se utiliza.
De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y la Organización Mundial de la Salud, entre 1963 y 1967 se aplicó en Estados Unidos una vacuna contra el sarampión elaborada con virus inactivado, es decir, “muerto”.
Con el tiempo se comprobó que esa formulación no generaba una inmunidad completa ni duradera. Años después, cuando algunas de las personas vacunadas con ese biológico entraron en contacto con el virus real, desarrollaron una forma distinta de la enfermedad: el sarampión atípico.
La explicación es clara: la respuesta del sistema inmunológico fue incompleta. No logró neutralizar adecuadamente el virus y eso provocó manifestaciones clínicas diferentes a las del sarampión clásico.
En 1968, la vacuna inactivada fue sustituida por la de virus vivos atenuados, base de las vacunas actuales. Desde entonces, el esquema cambió de forma definitiva.
Según los CDC y publicaciones del National Institutes of Health, el sarampión atípico presenta signos distintos a los del cuadro tradicional.
Entre los síntomas descritos se encuentran:
Fiebre alta
Dolor de cabeza intenso
Tos
Dolor abdominal
Inflamación pulmonar (neumonitis)
Erupción cutánea con un patrón diferente
Una de las diferencias más llamativas está en el exantema. En el sarampión clásico, la erupción comienza en el rostro y desciende hacia el resto del cuerpo. En el atípico, puede iniciar en manos y pies y avanzar hacia el tronco.
Además, la apariencia de las lesiones puede variar: maculopapulares, vesiculares o incluso con componentes hemorrágicos. En algunos casos se registraron complicaciones respiratorias más severas, lo que obligó a hospitalizaciones.
El sarampión tradicional se caracteriza por fiebre alta, tos, secreción nasal, conjuntivitis y las manchas de Koplik en la boca, seguidas por un exantema que se disemina de la cabeza hacia abajo.
El sarampión atípico, en cambio:
Presenta un patrón de erupción distinto
Puede incluir inflamación pulmonar más marcada
Se dio en personas vacunadas con la formulación inactivada antigua
Aquí está el punto clave: no tiene relación con las vacunas actuales.
La vacuna moderna, de virus vivos atenuados, es la que se aplica hoy en la triple viral (sarampión, rubéola y parotiditis), conocida como SRP o MMR. Su eficacia y seguridad han sido ampliamente documentadas por organismos internacionales.
Los casos de sarampión atípico son extremadamente raros en la actualidad. El riesgo se limita a personas que recibieron la vacuna inactivada entre 1963 y 1967 y que después no recibieron refuerzo con la vacuna moderna.
Los CDC recomiendan que quienes fueron vacunados en ese periodo y no tengan constancia de una dosis posterior consulten a un médico para evaluar si requieren inmunización adicional.
En México, los esquemas actuales utilizan vacunas de virus vivos atenuados, por lo que el escenario que dio origen al sarampión atípico pertenece al pasado.
La Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la vacunación es la herramienta más eficaz para prevenir el sarampión y sus complicaciones.
Mantener coberturas altas no solo evita brotes del sarampión clásico. También impide que se repitan errores históricos como el que dio pie al llamado sarampión atípico.
En un momento en que la desinformación circula con rapidez, el dato duro es contundente: el “virus atípico” no es una amenaza emergente, sino una lección del pasado que reforzó la evolución de las vacunas actuales.