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19 febrero 2026
Arturo Garibay
Arturo Garibay

La pequeña Amélie y el secreto de existir

19 febrero 2026
|
05:00
Actualizada
20:58

Ternura y belleza son los colores que pintan “Amélie y los secretos de la lluvia” (“Amélie et la métaphysique des tubes”) de Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, imperdible largometraje franco-belga que busca el Oscar a la Mejor Película Animada. De acabado visual acogedor, el filme presume una dulzura imposible de resistir; el relato nos habla sobre los primeros años de la infancia, justo cuando nos sentimos el centro del universo y cuando empezamos a formarnos una idea del mundo que nos rodea; sobre las primeras risas y las primeras tristezas. Y también es una pieza sobre la impermanencia: todo cambia y esos cambios rebasan nuestra voluntad.

Amélie es una niña belga que, por el trabajo de su padre, nace en Japón. La acompañaremos en el tránsito hacia su cumpleaños número tres, mientras aprende a hablar, a caminar e intenta comprender el entramado de relaciones del cual forma parte. De forma lúdica, la cinta explora la sabiduría cósmica que cabe en la inocencia infantil y nos habla de cómo el mundo se nos va expandiendo (y enredando) con cada nuevo descubrimiento.

Narrada en primera persona, la cinta producida por la mexicana Nidia Santiago es una pieza rebosante de perlas de filosofía, de exquisitas reflexiones sobre la emoción (de la perplejidad al miedo, de la maravilla a la duda) que se produce cuando descubrimos algo nuevo. “Amélie y los secretos de la lluvia” te inspira a conservar el asombro ante lo inédito y/o lo inhóspito, ante la llegada de la otredad. Por algún motivo, la cinta me recordó que el cosmos bordado dentro de nosotros es la suma de lo que somos, de lo que son los demás y del mundo que nos arropa. Es un relato del ego, del yo, pero en relación con la otredad y el universo.

Hay en la cinta, además, un recurso narrativo bellísimo: el de la mirada. Dice el psicoanálisis (creo que el de Lacan; espero no estarlo recordando mal) que “la mirada” va más allá de ver o ser visto (la pequeña Amélie se hace preguntas sobre lo que ve y sobre la forma en que es vista); es también la ventana por la cual me asomo al deseo y la carencia. La mirada construye lo presente o lo ausente: una aspiradora que “desaparece” el polvo se convierte en uno de los primeros objetos de fascinación de la niña, pues transforma lo presente en ausente. El filme nos recuerda también que nuestra mirada nos aporta más que la posibilidad de ver el mundo: nos imprime la facultad de tener una posición respecto al entorno.

“Amélie y los secretos de la lluvia” no tiene desperdicio. Junto con “Arco” (que también está ya en cines), es el título con más alma de entre las cinco nominadas al Premio de la Academia en el rubro animado. Lo que “KPop Demon Hunters” y “Zootopia 2” poseen en complacencia y afinidad comercial, “Amélie y los secretos de la lluvia” y “Arco” lo tienen en espíritu y dimensión artística: dos películas donde la infancia y la relación con la otredad son protagonistas. ¡No te las vayas a perder!

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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