La tarde cayó antes de tiempo. No por las nubes, sino por el humo. Cuando comenzaron a circular los primeros reportes de vehículos incendiados y bloqueos carreteros, la noticia se esparció más rápido que el fuego: el operativo federal iba dirigido contra Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Y la respuesta del crimen organizado no tardó.
En cuestión de minutos, las carreteras y las avenidas que suelen vibrar con el tráfico cotidiano quedaron atrapadas entre tráileres atravesados y automóviles ardiendo. Comerciantes de colonias periféricas bajaron cortinas sin esperar instrucciones oficiales. En grupos de WhatsApp comenzaron a replicarse advertencias: “No salgan”, “Hay bloqueos en la carretera”, “Cierren ya”.
Los primeros incendios afectaron decenas de vehículos y varios establecimientos, según reportes de autoridades. Gasolineras suspendieron servicio. Rutas del transporte público detuvieron operaciones. En supermercados, empleados apresuraban a los últimos clientes a pagar mientras las puertas metálicas descendían con estruendo.
Pero lo más revelador no fue la magnitud de los narcobloqueos, sino la reacción social. Antes de que los comunicados gubernamentales pidieran mantener la calma, la población ya se había atrincherado. Familias se llamaron entre sí para confirmar ubicaciones. Padres acudieron por sus hijos. Negocios optaron por cerrar, incluso en zonas donde aún no había incidentes.
En fraccionamientos y barrios tradicionales, vecinos organizaron cadenas de aviso. Algunos retiraron vehículos de la vía pública; otros bloquearon accesos internos como medida preventiva. La memoria colectiva —marcada por episodios previos de violencia— operó como protocolo no escrito.
Mientras helicópteros sobrevolaban y patrullas federales se desplazaban hacia puntos estratégicos, la ciudad entró en una especie de pausa forzada. Calles desiertas, persianas abajo y un silencio interrumpido sólo por sirenas lejanas.
Autoridades confirmaron más tarde que los bloqueos fueron reacción directa al operativo para capturar o abatir al líder criminal. Aunque no se detallaron de inmediato los resultados de la intervención, sí se reconoció la coordinación entre fuerzas federales y estatales para contener la escalada. Y se reconoció la participación del Gobierno de Estados Unidos.
La jornada dejó pérdidas materiales aún por cuantificar y una sensación de vulnerabilidad que, sin embargo, estuvo acompañada de algo distinto: prevención ciudadana. Sin esperar órdenes, la población aplicó una lógica de autoprotección aprendida a golpes de experiencia.
Una reacción que evidencia miedo, pero también organización espontánea ante un fenómeno que, lamentablemente, ya no resulta desconocido.