Al viejo régimen le tomó siete décadas desmoronarse. El PRI necesitó transitar por el autoritarismo de los sesenta, la corrupción y devaluaciones de los ochenta y el trauma de 1994 para que el país certificara su agotamiento. Morena, en cambio, lleva prisa: lo que al tricolor le tomó una vida, al movimiento guinda le está tomando un suspiro.
Hoy, Morena sobrevive en una esquizofrenia de poder. El movimiento oscila entre una presidenta que intenta institucionalizar un liderazgo propio y quienes le regatean el mando con la mirada puesta en un López Obrador que no parece haberse retirado a Palenque, sino haberse quedado en los pasillos de las decisiones clave.
Claudia Sheinbaum ha comenzado a trazar su línea de demarcación. Ejecuta un reposicionamiento que incluye el retiro obligado de cuadros de la “línea dura”, notablemente el de Adán Augusto López tras meses de filtraciones sobre supuestos vínculos delictivos y corrupción. Fue en el contexto de ese primer intento de depuración hace meses que el expresidente reapareció en video para presentar su libro “Grandeza”. Más que un adiós fue una advertencia: delineó “líneas rojas” para volver a la vida pública, dejando claro que su voz se alzará si la conducción del país se aparta de su vigilancia. Las revelaciones mediáticas sobre el senador cesaron y todo quedó en su renuncia a la coordinación de la bancada morenista en el Senado y en la conservación del fuero.
Esta crisis de autoridad se manifiesta en la rebeldía del Partido Verde y del PT. Es una ironía: los mismos aliados que con AMLO no cambiaban “ni una coma” a las leyes, hoy someten la reforma electoral a un regateo público. Para la presidenta, el respaldo tiene un precio que se factura en cada votación; lo que antes era lealtad ciega, hoy es insumisión calculada.
Pero el problema de fondo es una herencia criminal que ha mutado en captura territorial. La detenciones de la Operación Enjambre dan vigencia a la advertencia póstuma de Porfirio Muñoz Ledo al expresidente López Obrador: el “contubernio” con la delincuencia no es heredable. El crimen, una vez asentado, deja de necesitar al gobernante saliente para exigir aún más del que viene.
Los recientes operativos han puesto al descubierto que casos como el de Diego Rivera Navarro en Tequila no son anomalías, sino un patrón de gobernanza criminal. Las detenciones de alcaldesas en Amanalco y Acambay, y de mandos policiales en Tejupilco, evidencian que el crimen organizado ya no solo busca protección, sino que administra presupuestos y padrones municipales. En estos ayuntamientos el Estado ha sido sustituido por una oficina de extorsión legalizada.
La rapidez con la que Morena ha pasado de la “esperanza de México” a la realidad de alcaldes procesados en el penal del Altiplano debería alarmarnos. Si el PRI fue una “dictadura perfecta” que tardó décadas en pudrirse, Morena corre el riesgo de ser una estructura que nació con el germen de la descomposición ya inoculado. La pregunta hoy no es si el nuevo partido de Estado terminará de descomponerse, sino si el Estado mexicano mismo sobrevivirá a la velocidad con la que el régimen actual pierde el control frente a sus propios demonios y sus peligrosos aliados.