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26 febrero 2026
Tzinti Ramírez
Tzinti Ramírez
Internacionalista y maestra en Historia y Política Internacional por el Graduate Institute of International and Development Studies (IHEID) en Ginebra, Suiza. Investigadora invitada en el Gender and Feminist Theory Research Group y en el CEDAR Center for Elections, Democracy, Accountability and Representation de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido. Miembro de la Red de Politólogas.

Silencio en Jalisco

25 febrero 2026
|
05:00
Actualizada
23:39

Después del bloqueo, silencio. Antes del bloqueo, silencio.

Pero el silencio más inquietante es el de la normalidad. El de los días en que todo parece funcionar. Escuelas abiertas, centros comerciales llenos, inversión inmobiliaria en expansión. La vida cotidiana avanzando como si no conviviera con capitales cuya procedencia rara vez se pregunta.

La violencia surge de estructuras. De una estructura de economía política global perfectamente identificable. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) señala en su “World Drug Report 2025”, que 316 millones de personas consumieron drogas en 2023, el 6% de la población mundial de entre 15 y 64 años; 64 millones padecen trastornos por consumo. Un mercado masivo, estable y en expansión. Según el informe “Shadow Figures” de Global Financial Integrity, el narcotráfico se valuó en 2024 entre 840 mil millones y 1.44 billones de dólares: si fuera un país, estaría entre las quince economías más grandes del mundo. Esa magnitud no se sostiene sin logística, financiamiento y reinversión. Como cualquier sector transnacional, tiene cadenas de suministro y mecanismos de protección.

La violencia surge también de la estructura geopolítica consolidada desde mediados del siglo XX cuando las convenciones internacionales sobre control de drogas de 1961, 1971 y 1988, institucionalizaron a nivel internacional un régimen prohibicionista que desplazó la presión hacia los países productores y de tránsito. Durante la Guerra Fría, circuitos de opio y otras sustancias en Asia y el Mediterráneo, fueron tolerados y hasta facilitados cuando servían a objetivos estratégicos, desde el abastecimiento médico hasta alianzas con actores locales anticomunistas. La historia del opio en el Sudeste asiático o de la “French Connection” en el Mediterráneo o de la cocaína y la mariguana en América Latina, muestran que el problema nunca ha sido estrictamente moral, sino de origen político. Geopolítico.

En este entramado, América Latina asumió la militarización; América del Norte y Europa se consolidaron como los grandes mercados consumidores. Hoy Estados Unidos concentra cerca del 40% del consumo mundial de cocaína. La propia UNODC estima que menos del 1% de los flujos financieros ilícitos vinculados con el tráfico de drogas son incautados o congelados. Eso significa que la inmensa mayoría logra integrarse al sistema formal. Bienes raíces, empresas pantalla, inversiones internacionales, sobornos, financiamiento de campañas, compra de candidatos y elecciones. Y sin embargo, no vemos bloqueos en los distritos financieros de Miami o Milán. No hay autos incendiados donde el gran capital ya fue blanqueado.

Así, la división internacional del riesgo está lejos de ser un accidente. Responde a una arquitectura global que militariza los territorios donde se produce y transporta la mercancía, mientras absorbe y blanquea las ganancias en los centros del gran capital. De este lado se disputa el territorio; en las capitales del lujo se consolidan las riquezas privatizadas. Y no, no se trata de “instituciones débiles”. Se explica, en otros temas, a partir de una economía mundial precarizada donde, para miles de comunidades rurales, cultivar coca, amapola o marihuana resultó una opción frente a precios agrícolas deprimidos, ausencia de respaldo gubernamental, tratados comerciales asimétricos y Estados incapaces de garantizar ingresos dignos. Los cultivos ilícitos primero, las drogas sintéticas y sus precursores ahora, ofrecen algo que el mercado formal no asegura: liquidez inmediata, compra garantizada y “protección” armada en territorios abandonados por el Estados y sus políticas.

Por eso el silencio previo importa. La normalidad que convive con capital ilícito es la expresión cotidiana de un sistema que funciona para muchos. La violencia es el mecanismo de afianzamiento del eslabón más expuesto de la cadena. En tanto aquí hay violencia, el silencio persiste en otras latitudes donde el dinero ya no huele a pólvora.

La violencia que vivimos no es una anomalía cultural ni un destino regional. Es testimonio del costo concentrado de una arquitectura internacional que expolia, que reparte riesgos y concentra beneficios. Mientras se siga discutiendo el estallido y no la estructura internacional de fondo, el silencio será apenas la pausa entre un episodio y el siguiente.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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