En los últimos días se ha abierto un debate público relevante a partir de la propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum. La iniciativa aborda temas de fondo: la integración de las cámaras, la reducción del gasto electoral, los tiempos de radio y televisión, una mayor fiscalización a partidos y candidaturas, así como el no nepotismo y la no reelección. Cada uno merece un análisis serio y puntual.
En lo personal, el tema de la no reelección consecutiva en gobiernos municipales me
parece especialmente delicado. Lo digo desde la experiencia local: Zapopan es ejemplo de lo que puede lograrse cuando existe continuidad en un proyecto de ciudad.
Hace una década, Zapopan tomó una decisión clara: convertirse en la Ciudad de las Niñas y los Niños. No fue una consigna, fue una forma distinta de gobernar. Gracias a dos periodos de alcaldes: Pablo Lemus y Juan José Frangie, cada uno reelecto de manera consecutiva, y ambos emanados de un mismo equipo y una misma visión de trabajo, se pudo poner a las infancias al centro de la política pública.
Esta visión buscó ordenar las finanzas de un municipio que enfrentaba una situación
compleja, reducir de manera significativa su nivel de deuda y fortalecer sus ingresos propios hasta incrementarlos en alrededor del 200%. Implicó también recuperar espacios públicos en colonias históricamente rezagadas y transformar entornos que durante años estuvieron fuera del radar de la inversión pública. Pero, sobre todo, implicó cambiar la lógica del servicio público: menos burocracia y más resultados.
Zapopan hoy se posiciona como uno de los municipios con mayor generación de ingresos propios y empleo en el país; cuenta con altas calificaciones financieras, liderazgo en transparencia y gobierno abierto, avances significativos en mejora regulatoria y una atracción destacada de inversión extranjera directa en Jalisco. Más allá de los rankings, lo importante es que zonas completas que antes carecían de servicios hoy son espacios seguros, accesibles y vivos para sus comunidades.
Nada de esto se construye en tres años ni con cambios abruptos de rumbo. Los proyectos públicos necesitan tiempo para madurar, evaluarse y corregirse. La posibilidad de reelección no garantiza buenos gobiernos, pero sí permite que la ciudadanía valore resultados y decida si un proyecto debe continuar o no.
Eliminar esa opción modifica los incentivos. Cuando quien gobierna sabe que no podrá someterse nuevamente al juicio directo de la ciudadanía para su propio encargo, el vínculo de responsabilidad cambia. Además, existe el riesgo de que políticas públicas en marcha se interrumpan únicamente por el relevo obligatorio, no por falta de resultados.
La experiencia de la Ciudad de las Niñas y los Niños nos deja una lección sencilla: cuando algo funciona, lo responsable no es cambiarlo por decreto, sino fortalecerlo con visión y responsabilidad.