La paz y la tranquilidad parecen haber sido secuestradas. En el imaginario colectivo se respira una especie de intranquilidad permanente. La gente modificó —quizás de manera momentánea, quizás no— sus hábitos, su estilo de vida, sus rutinas más simples.
Las noches en la ciudad ya no son como antes. Hoy es más que visible la disminución de personas en las calles, sobre todo después de que cae el sol. Negocios y escuelas no son ajenos a ello: unos cierran más temprano de lo habitual, otros ajustan horarios, algunos simplemente bajan la cortina “por precaución”. La palabra prevención ha dejado de ser una estrategia para convertirse en mecanismo de autoprotección.
Y es que el tema no es menor. La psicosis generada por actos vandálicos y episodios de violencia —no solo en Jalisco y su zona metropolitana, sino en otras partes del país— ha trastocado esa relativa paz con la que aprendimos a convivir. Y subrayo lo de relativa, porque tampoco es que viviéramos en el paraíso de la seguridad; simplemente habíamos normalizado ciertos niveles de violencia, los habíamos relativizado, reducido a “hechos aislados”.
Esta vez la sensación es distinta. Se percibe una ausencia de autoridad. En charlas cotidianas, grupos de WhatsApp y redes sociales, la información y la desinformación corren como pólvora. Videos, audios y fotografías —muchos manipulados o generados con inteligencia artificial— circulan sin filtro alguno. Un incendio inexistente en el aeropuerto puede convertirse en “verdad absoluta” en cuestión de minutos, aunque sea totalmente falso. Y es que no todos tienen las herramientas o el criterio o conocimientos para distinguir lo real de lo fabricado o manipulado.
Mientras tanto, se buscan culpables: que si son los adversarios políticos, que si son bots, que si es el mismo crimen organizado, que si es irresponsabilidad ciudadana. Pero en esa guerra de señalamientos lo que realmente crece es la desconfianza. Se alimenta la intranquilidad. Y aunque las autoridades insistan en que todo está volviendo a la normalidad, que la situación fue atendida y que las fuerzas de seguridad están actuando, la percepción social cuenta otra historia, o como dirían por ahí, yo tengo otros datos.
Porque la seguridad no se mide solo en comunicados oficiales, sino en la sensación cotidiana de confianza. Y la confianza se construye con hechos, no con discursos; con acciones, no con publicaciones en redes sociales. Hoy esa percepción ciudadana está profundamente lastimada. No distingue colores, preferencias ni estratos sociales: muchos —por no decir la gran mayoría— se sienten intranquilos.
Quienes por trabajo o responsabilidad tuvimos que salir de casa en los primeros días de la semana pasada lo notamos con claridad. Dos cosas eran evidentes: primero, las calles lucían vacías, como si fuera primero de enero; segundo, la vigilancia habitual simplemente no estaba. No intensificada, no reforzada. Ausente. Aunque se diga lo contrario.
El problema de vivir con miedo no es únicamente el riesgo real, sino lo que ese miedo modifica en nuestra conducta. Cambia horarios, limita movimientos, reduce encuentros, encierra conversaciones. Poco a poco se va estrechando el espacio público y se amplía el espacio del encierro.
Y cuando una sociedad comienza a ajustar su vida diaria por temor, algo profundo se ha alterado. No se trata de alarmismo, ni de dramatizar. Se trata de reconocer que la paz no es solo la ausencia de balas, sino la posibilidad de caminar sin sobresalto, de salir sin calcular rutas de escape, de confiar en que alguien está al mando. Porque una cosa es enfrentar la violencia. Otra muy distinta es acostumbrarse a vivir con ella.
Y en algo estamos claros: no merecemos vivir con miedo.