En junio de 2025, tras los bombardeos israelíes y luego estadunidenses sobre territorio iraní, Washington aseguró que la operación había “devastado y destruido” la capacidad nuclear de Irán. La guerra de los 12 días y la Operación Martillo de Medianoche fueron presentadas como una victoria quirúrgica y definitiva.
No queda entonces más que preguntarse: si la capacidad nuclear iraní fue destruida en ese entonces, como afirmó la Casa Blanca, “¿qué es exactamente lo que, según Trump, les amenazaba antes del bombardeo de agresión del sábado 28 de febrero?”. O mintieron entonces o exageran ahora, o las dos cosas. En cualquier caso, el argumento de la amenaza inminente no se sostiene ni en lo jurídico, ni en el plano de inteligencia, ni en el plano político de la negociación nuclear mediada por Omán que estaba a punto de ser la más ambiciosa de la historia.
Recordemos que fue el propio Donald Trump quien, irónicamente en su primer mandato, retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán (JCPOA), firmado bajo la administración Obama entre Irán, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania junto con la Unión Europea. En su momento, la Agencia Internacional de Energía Atómica certificó repetidamente que Irán cumplía los límites de enriquecimiento hasta la salida estadunidense.
Para Irán, sin embargo, la agresión del domingo no es un episodio aislado, sino otro capítulo de una sucesión de intromisiones occidentales. En 1953, la CIA y el MI6 británico orquestaron el derrocamiento de Mohammad Mossadegh tras la nacionalización del petróleo y reinstalaron al sha. Durante más de dos décadas, el régimen monárquico, respaldado por Washington, reprimió con dureza a la oposición nacionalista secular. Aquella represión no estabilizó al país, sino que eliminó a los sectores laicos con mayor capacidad organizativa y dejó un terreno fértil para que el ala ultrarreligiosa encabezara la Revolución de 1979.
Tras la caída del sha, Estados Unidos se negó a dejar ir el petróleo iraní y a reconocer la importancia de Irán en Medio Oriente. Siguió la guerra Irán-Irak (1980-1988), en la que Sadam Hussein recibió apoyo político, financiero y logístico de potencias occidentales en un conflicto devastador que dejó cerca de un millón de muertos. Para una generación entera de iraníes, el mensaje fue que Washington no había sido ni sería un espectador más, sino un actor injerencista perpetuo.
Las consecuencias de esas apuestas políticas siguen presentes. La eliminación sistemática de fuerzas nacionalistas y seculares en los años del sha debilitó la posibilidad de una oposición interna amplia y cohesionada. Décadas después, Estados Unidos apuesta por una alternativa poco arraigada en el país: sectores monárquicos en torno al hijo del sha, con escaso respaldo popular pero alineados con intereses occidentales. El resultado ha sido sin duda paradójico: cada intromisión externa a la teocracia iraní ha terminado por reforzar su narrativa de asedio y cerrado el espacio para una oposición legítima y autónoma.
En cuanto al tema nuclear, hay un dato que rara vez se menciona. El, hasta el sábado, líder supremo iraní, Ali Khamenei, emitió a principios de la década de 2000 una “fatwa” en la que declaraba que las armas nucleares eran “haram” (prohibidas bajo la ley islámica) y que Irán no debía desarrollarlas, almacenarlas ni utilizarlas. Esa posición fue reiterada públicamente y citada oficialmente ante la Agencia Internacional de Energía Atómica en 2005. Paradójicamente, las acciones recientes de la dupla Trump-Netanyahu y el asesinato de Khamenei han fortalecido dentro de Irán las voces que sostienen lo contrario. Hoy gana terreno la tesis de que sin disuasión nuclear el país queda expuesto a ataques e intervenciones reiteradas.
No sería el primer país en llegar a esa conclusión. Desde que Kim Jong-un consolidó el estatus nuclear de Corea del Norte, la lección que diversas potencias medianas han interiorizado es que nadie está a salvo si no se es una potencia militar considerable o se posee disuasión nuclear.
Es más, ante el belicismo y la soberbia exhibida por la tripleta Trump-Vance-Rubio, Kaja Kallas, encargada de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea, dijo en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich, ante la presencia del embajador estadunidense ante la ONU, que la diferencia entre las grandes potencias que van a la guerra solas y el estatus de superpotencia de Estados Unidos es que ellos para ir a la guerra han estado acompañados de sus aliados europeos. Sentenciaba Kallas con visible molestia, “para su estatus de superpotencia nos necesitan”.
La incomodidad europea no es menor. Incluso Keir Starmer, primer ministro británico, se ha visto en la necesidad de subrayar que se aprendieron las lecciones de Irak y que, por ello, la Royal Air Force participa únicamente en labores defensivas y no ofensivas contra Irán. Ha dicho incluso que la intervención es ilegal y que las tropas británicas “merecen algo mejor” [que participar de ello].
Lo paroja de lo que está ocurriendo con la agresión estadunidense (e israelí) a diversos países, territorios y pueblos, radica en que en apenas un año de la segunda administración Trump se ha debilitado el andamiaje de normas y garantías que sostenían algo del orden internacional sino también el apoyo de varios países a la hegemonía estadunidense. Incluso, Trump ha conseguido algo que parecía improbable hace una década: erosionar el consenso nuclear occidental. Francia ha anunciado, apenas dos días después de los ataques a Irán, que dejará de hacer públicos los niveles de su arsenal nuclear y que buscará incrementarlos, algo que no ocurría desde hace décadas.
Dada la irresponsabilidad reiterada del accionar de la Casa Blanca, el incentivo nuclear y armamentista general es hoy mayor que antes para diversos países.
Y por todo ello, estoy cierta de que el mensaje de que nadie está a salvo, terminará convirtiéndose en una sentencia contra el propio poderío estadunidense. Una factura que no solo se cobrará en la política doméstica, sino también en su estatus global.