El 8M no es solo una fecha, ni una conmemoración frívola o en boga, es más que eso: es una resistencia, una impronta que sigue estando más vigente que nunca. Los orígenes del 8M están relacionados con la industrialización, porque si bien ésta implicó el desarrollo económico centroeuropeo, también generó una infinidad de violaciones de garantías individuales y de derechos humanos, aunque entonces ni siquiera se consideraban como tal.
Es decir, prevalecía una sobre-explotación de mujeres en todos los ámbitos: carecían de derechos para maternar, para lactar, para trabajar, para votar y, además, ganaban una quinta parte de lo que ganaban los hombres. En este sentido, hay muchas, muchas mujeres que nos han abierto el camino y que debemos recordar en esta jornada, como por ejemplo, Rosa Luxemurgo, quien encabezó la lucha de los derechos laborales y cuestionó la política y la sociedad “tradicionales” lo que, a la postre, le costaría la vida.
De igual forma, la activista alemana Clara Zetkin, quien fue una de las principales impulsoras del Día Internacional de la Mujer; propuso, en 1910, durante la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, establecer una jornada anual para promover los derechos políticos y laborales de las mujeres. Sus visiones articularon la lucha por la igualdad con la organización colectiva y la participación política, sentando las bases que hoy siguen dando sentido al 8M como una fecha de reivindicación y compromiso democrático. Aquellas demandas no eran solamente ideológicas o ideas abstractas; eran reclamos concretos por justicia, dignidad y reconocimiento.
Debemos reconocer que aún tenemos como reto alcanzar la igualdad sustantiva: aquella que se traduce en oportunidades reales y condiciones equitativas. En ese sentido, es importante que todos los gobiernos apoyen la construcción y fortalecimiento de un Sistema Estatal de Cuidados, la cual representa una política pública estratégica. Reconocer el valor social y económico del trabajo de cuidados (históricamente asumido por las mujeres) no solo es un acto de justicia, sino una condición para el desarrollo integral de nuestra sociedad.
El 8M importa porque nos recuerda que los derechos se consolidan cuando se asumen como responsabilidad colectiva. No es una fecha de confrontación, sino de reflexión y compromiso. Es una oportunidad para reafirmar que la participación de las mujeres en la vida pública fortalece la democracia y enriquece la toma de decisiones.
Desde Movimiento Ciudadano, asumimos que la igualdad no puede quedarse en el discurso, requiere decisiones, presupuestos, reformas y seguimiento permanente. Requiere abrir espacios reales de liderazgo para las mujeres en la política y en la vida cotidiana: acompañar sus causas y convertir sus demandas en agenda pública. Por tanto, el 8M no es una postura coyuntural: es una convicción democrática y una tarea que hoy es más vigente que nunca, porque las que estamos hoy seguimos y seguiremos luchando por salarios justos, por condiciones de trabajo dignas, por el derecho de las mujeres a participar en cargos de toma de decisiones, en todos los ámbitos de la vida, a favor de la vida y en contra la violencia hacia niñas y mujeres.
Finalmente, dedico esta columna a mis amigas y compañeras Blanca Álvarez y Ceci Ruvalcaba. Su lucha sigue viva. En paz descansen.