La polémica sobre si el cine “es” o “no es” político, sigue azuzando la conversación pública. Los medios tradicionales y digitales están repletos ya de artículos, editoriales, “posteos” y “reels” que dan cuenta de la controversia. De origen, me queda claro que los detractores de la idea del cine como objeto intrínsecamente político suelen tener una concepción limitada, incompleta o sesgada de lo que es la política: asumen lo político como algo que existe únicamente en el contexto de los partidos (PRI, PAN, Morena; republicanos, demócratas, etcétera) o de las orientaciones binomiales: derecha o izquierda; conservadores o liberales. La política (y la condición del ser humano como ente político) es más que eso. En su más grande acepción, la política le atañe al cine… incluso cuando el cine así no lo quiere.
Esta discusión no es nueva, aunque se haya puesto de moda en días recientes. Aristóteles ya definía al ser humano como un “animal político”: un ente cuya naturaleza está inevitablemente ligada a la vida en comunidad, al intercambio, al conflicto y a la cooperación. Dicho esto, resulta difícil imaginar una creación humana que pueda sustraerse de esa condición. Y el cine —artefacto cultural concebido, producido y consumido por seres humanos— no puede escapar. Si quienes lo hacen y quienes lo miramos somos animales políticos, ¿qué le ocurre a toda obra fílmica cuando entra por nuestros ojos?
Prosigamos. Una vez establecido que la política no es únicamente una cosa de “partidos”, expandamos un poco más lo que sí es: la política es ante todo (y antes que cualquier fenómeno de carácter electoral) un fenómeno humano que define en dónde nos emplazamos de cara al mundo que habitamos; es el concepto que nos permite explorar nuestras interacciones para que tratemos de alcanzar el bien común, para que exploremos los eventos o situaciones que nos incitan a la cooperación o al conflicto; es un entramado de otredades; es el recurso de la sociedad para entender la convivencia colectiva. La política es algo que puede articularse con atributos como la igualdad y la libertad, aunque decidamos hacerlo de otro modo y corromper así su mejor propósito.
El cine es político porque da cuenta —porque comparte— relatos en los que los seres humanos revisamos la forma en que estamos conectados, las cosas que nos confrontan, que nos enfrentan —que nos unen y separan—, así como la forma en que triunfamos o fracasamos. El cine nos muestra dónde hemos estado parados de cara al mundo y dónde nos encontramos hoy.
Conviene subrayarlo: el cine no es político únicamente cuando adopta una postura explícita o activista frente a un asunto público, ni cuando milita, denuncia o polemiza de manera frontal —aunque, por supuesto, puede hacerlo—. Es político porque genera testimonio. Porque fija en imágenes y sonidos el entramado que nos vincula: cómo nos organizamos, cómo nos amamos, cómo competimos, cómo nos jerarquizamos, cómo ejercemos poder o cómo lo padecemos. Incluso la historia más íntima, la más doméstica, está atravesada por ese tejido invisible que nos conecta con los demás. Y dar cuenta de ese tejido es, en sí mismo, un gesto político. Es político cuando nos cuenta una historia de amor o cuando nos transporta a un mundo imaginario, cuando nos avienta a la distopía o cuando recrea el pasado. Donde hay mirada, hay política en el sentido más humano.
Pongamos uno de muchos ejemplos posibles: Nada es más sintomático del carácter político del Séptimo Arte que el llamado “cine de superhéroes”. Esas películas (a menudo consideradas triviales, chabacanas, fútiles) son reflejo de cosas fuertísimas que le están ocurriendo a nuestro tejido social. No es coincidencia que el cine de superhéroes se haya erigido como una constante en el consumo popular a lo largo de este siglo.
En esos largometrajes, el mundo invariablemente aparece bajo amenaza. Y, también, se nos muestra a una sociedad —a lo colectivo— incapaz de defenderse a sí misma, incapaz de organizarse, incapaz de plantarle cara a una maldad hercúlea. Surge entonces el superhéroe, un personaje mesiánico que viene a salvarnos a todos. En el cine, ese salvador puede ser un millonario con armadura hi-tech, un alienígena con superpoderes, una chica que nació con la habilidad de domar tormentas, un soldado de otra era, un médico traumatizado, una amazona, un hombre común que convierte su trauma en motivación, un estudiante de prepa que adquiere poderes al ser mordido por un bicho… en fin. En todos los casos, en esos filmes se asume que es responsabilidad de “uno solo” resolver el problema del “colectivo”.
A mí me gustan las pelis de superhéroes, la verdad, pero entiendo que son un signo de los tiempos que me tocó vivir. Una época donde es más fácil (más cómodo) que llegue un individuo a salvarnos a todos antes que hacer el esfuerzo de organizarnos colectivamente, de dejar de lado nuestras diferencias para preservar lo fundamental: que todos debemos tener cabida en este mundo. No es de extrañar que tantos arlequines falsamente mesiánicos (de la derecha o de la izquierda), histriónicos, ruidosos y chocarreros, sean los que ganen las elecciones. La gente está buscando a ese redentor que nunca llegará, porque hemos olvidado que es nuestro trabajo procurar lo común.
Hace apenas unas semanas se viralizó la declaración de la actriz Sidney Sweeney en el sentido de que ella no hablaba de política, que ella no hacía política con sus películas, productos y comerciales, que ella hacía arte. Puedo entender que su postura sea negacionista: rechazar la función política (pasiva o activa) de cualquier pieza fílmica. Cuando se habita en el privilegio, da miedo hacer cualquier movimiento que pueda reventar la burbuja. Paradójicamente, Sweeney acaba de protagonizar un éxito taquillero que tiene una lectura política clara: “La Empleada”. Este culebrón fílmico (del cual escribí recientemente) cuenta la historia de una joven sin recursos y emproblemada con la ley que entra a trabajar a la casa de un matrimonio rico y súper “instagrameable”.
Incluso sin ahondar en la trama, la cinta nos coloca en un mundo claramente político: el de la lucha de clases. En la pieza veremos a la pobre y a la rica hacer toda clase de desfiguros porque sus realidades cotidianas las invitan a confrontarse. La pieza es puro entretenimiento. No es política porque sea una batalla de “rojos” contra “azules” ni porque sea panfletaria, sino porque confronta dos realidades humanas que se ejercitan cotidianamente. Y eso que sólo he explorado la superficie de la trama, que es más compleja hacia adentro, abordando incluso la caduca relación entre lo masculino (como idea de autoridad) y lo femenino (como idea de subordinación). Eso también es político.
Ni qué decir del cine nacional. Nuestro cine es innegablemente político: mientras algunos pugnan por contar “historias más bonitas, menos cosas de violencia”, encontramos a cineastas que insisten en filmar la parte más dolorosa de nuestra realidad para así dejar patente que a nuestro país no debemos voltearle la cara. El reto es, en todo caso, diversificar nuestras historias, ampliar el espectro de lo que el mexicano ve y narra sobre México en el cine. De lo que el mundo ve sobre México en el cine. Lo lógico —y lo congruente— es que un país de claroscuros produzca un cine de claroscuros, donde coexistan las historias brillantes y coloridas con los relatos que te parten por mitad.
Cada película que vemos está bordada por hilos políticos. Como ejemplo, pensemos exclusivamente en cinco títulos que hoy están en cartelera: el drama histórico “El agente secreto” (el individuo contra el poder), el híbrido de comedia, supervivencia y terror “¡Ayuda!” (orden corporativo vs. orden social), la comedia animada “La Cabra” (la aceptación del otro que es distinto a mí), el romance hiperbólico “Cumbres Borrascosas” (la decoloración de las tensiones raciales y de clase del texto original a favor de una fantasía pasional) o “Venganza” (cuando una vendetta personal se impone a la justicia institucional). Puedes estar a favor o en contra de todos estos discursos, de lo que cada peli propone, pero, de manera estelar o de forma velada, todas estas piezas tienen un reflejo en el espejo político.
Es prerrogativa de los cineastas que sus cines hagan política, activismo, que abiertamente —desde la ficción o el documental— exhiban las heridas abiertas de la historia o los embates que aquejan a la realidad contemporánea; pero hay que aceptar que incluso las películas que no “quieren” o no “pretenden” jugar en ese territorio también están construyendo política, no de “partidos”, sino de su talante más trascendente: el que compete a la mera existencia humana. Es prerrogativa del público, también, usar el cine como mero entretenimiento o (además) abrazar y compartir todo lo que este medio de expresión tiene para ofrecer: socialmente, culturalmente… políticamente.
¿Y el cine apolítico? Perdón, pero eso no existe.