La nueva cruzada continental anunciada por Donald Trump contra los cárteles del narcotráfico tiene algo de estrategia de seguridad, mucho de mensaje político y no poca carga simbólica. La llamada coalición “Escudo de las Américas” no sólo pretende combatir al crimen organizado: también redefine, al menos discursivamente, el papel de Estados Unidos como árbitro de la seguridad.
El dato más revelador no está en los discursos sobre la “fuerza militar letal”, sino en la lista de invitados… y de ausentes. México no estuvo en la mesa.
La exclusión del gobierno de Claudia Sheinbaum, junto con Brasil y Colombia, habla menos de seguridad y más de geopolítica. La cumbre reunió a mandatarios alineados ideológicamente con Washington —como Javier Milei, Nayib Bukele y Daniel Noboa— y dejó fuera a gobiernos que han insistido en defender la soberanía frente a las intervenciones militares extranjeras.
En ese contexto, el mensaje de Trump es claro: quien quiera ayuda contra los cárteles deberá aceptar también la lógica militar estadounidense.
El problema es que esa lógica tiene historia en América Latina. Desde Panamá en 1989 hasta las múltiples operaciones encubiertas durante la Guerra Fría, la intervención estadounidense en nombre de la seguridad regional ha sido recurrente. La diferencia ahora es que el argumento no es el comunismo, sino el narcotráfico.
¿Gana o pierde México al quedarse fuera?
La respuesta es incómoda: ambas cosas.
México evita, por ahora, abrir la puerta a las operaciones militares extranjeras en su territorio (tras la muerte de “El Mencho” en Tapalpa), una línea roja histórica en la política exterior mexicana. En ese sentido, mantenerse al margen preserva un principio básico de soberanía.
Pero también implica quedar fuera de una arquitectura regional de seguridad que Washington está intentando construir. Y cuando Estados Unidos diseña un sistema sin México, inevitablemente lo hace pensando en México.
No es casualidad que Trump insista en describir al país como el “epicentro” del problema. Esa narrativa cumple una función política: justificar una eventual intervención indirecta o presión diplomática más fuerte.
Más que una alianza militar, el “Escudo de las Américas” parece una advertencia estratégica. Washington está diciendo que el combate al narcotráfico dejará de ser exclusivamente un asunto doméstico para convertirse en un tema de seguridad hemisférica.
Y cuando Estados Unidos eleva un problema a esa categoría, la historia muestra que su margen de acción se amplía considerablemente.
La pregunta no es sólo si México participará en la coalición. La verdadera pregunta es si, con o sin invitación, terminará siendo el escenario central de la estrategia.
Porque en la geopolítica del narcotráfico que plantea Trump, el problema sigue teniendo el mismo nombre: México.