Cumplieron con las formas y con la Ley Orgánica de la Cámara de Diputados: al someter a votación el paquete de iniciativas de reforma a la Constitución Mexicana, no alcanzaron los votos para aprobar la denominada “reforma electoral” presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum.
No pequemos de ingenuos. Aunque la presidenta diga que no fue un fracaso porque ella “ya cumplió” con lo que el pueblo le había pedido, lo fue.
Políticamente, el costo no lo pagan los partidos políticos “aliados” de Morena, el Verde y el Partido del Trabajo. El costo político lo paga ella.
Ya preparan el llamado “Plan B”, que consistirá en reformas a leyes secundarias para lograr los objetivos centrales de su propuesta: reducir los costos de la organización de elecciones, recortándole presupuesto al Instituto Nacional Electoral (INE) aunque eso implique reducir la confiabilidad de las elecciones. ¿Insistirá la presidenta en eliminar el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP)? ¿En eso sí la apoyarán diputados y senadores del Verde y del PT, satisfechos con que no se reduzca el recurso económico a partidos políticos y no les quiten el control en la elección de legisladores plurinominales?
En coincidencia con lo que han señalado los partidos políticos de oposición (PAN, PRI y Movimiento Ciudadano) lo que de verdad urge es habilitar reglas para evitar que candidatas y candidatos relacionados con la delincuencia organizada y con élites políticas en estados y regiones, mantengan el control de candidaturas.
Por la derrota de la presidenta Sheinbaum en esta reforma le da fuerza a personajes como Ricardo Gallardo, gobernador de San Luis Potosí que impulsa a su esposa Ruth González, para que se candidata a sucederlo; a Saúl Monreal, senador que quiere ser el tercero de los hermanos que gobierne Zacatecas; a Samuel García, que impulsa a su esposa Mariana Rodríguez para que sea candidata a gobernadora de Nuevo León. Y un largo etcétera.
El fracaso de la reforma electoral de la presidenta, aunque en las encuestas fuera apoyada por la población, le pone límites al poder presidencial y la pone contra la pared. A partir de este momento, aunque en el Cámara de Diputados griten: ¡Viva México! ¡Viva la presidenta Sheinbaum!, lo que en realidad ocurre es que se debilita su grupo político y se empoderan quienes la han retado desde hace meses.
La abundante verborrea legislativa que defiende la democracia y el derecho a votar, se sintetiza en el poder de los votos en la Cámara de Diputados y en el Senado.
A partir de ahora, muy pronto en un sexenio que vive su segundo año, la presidenta Sheinbaum inicia un camino en declive. La lucha interna por las candidaturas en Morena, verá cómo otros liderazgos le discuten a la presidenta las decisiones. Y muy probablemente, las diferencias con el PT y el Verde se hagan más profundas e irreversibles.
No sólo se debilita Claudia Sheinbaum. Con ella pierde fuerza su núcleo y empieza a desmoronarse eso que bautizaron como “el segundo piso” de la 4T.