Hay derrotas que se explican solas, pero pocas son tan reveladoras como la de una reforma que no logró convencer ni a quienes comparten la misma mesa. El fracaso del proyecto electoral del oficialismo exhibe que la cohesión del movimiento es tan frágil como la legitimidad de sus intenciones. Lo que hoy vemos no solo es el freno de la oposición, sino también el colapso de una narrativa que chocó contra su propia ambición.
El tan cacareado proyecto de renovación del sistema electoral mexicano terminó estancándose en una dinámica que revela, más que cualquier discurso, que la llamada Cuarta Transformación se ha convertido en algo nada inspirador: una mera gestión de daños. Y aquí viene la ironía más dolorosa de todo este proceso; Morena no tuvo que enfrentarse a la oposición para ver frenada su iniciativa, sino a sus propios aliados, a los partidos de su coalición, con los que supuestamente comparte visión y proyecto. A la oposición simplemente optaron por no escucharla desde el principio.
Una propuesta que no logró convencer a sus propios aliados no podía pretender ser legítima ante el resto del país, y difícilmente puede llamarse reforma democrática la que nació sin diálogo, sin consenso y sin la participación de los actores que, nos guste o no, son parte del sistema que se pretende modificar. Estamos, para decirlo con claridad, ante otro Plan B, C o D que en poco abonará al fortalecimiento real de la democracia ni a la participación ciudadana que tanto se invoca en los discursos.
Desde Movimiento Ciudadano creemos que México sí necesita una reforma electoral, pero una que nazca de las necesidades reales de la ciudadanía, no de los intereses de quien detenta el poder. Por eso nuestra bancada presentó una propuesta concreta y responsable, una iniciativa que no se queda en el “no”: busca fortalecer la participación ciudadana, reducir el gasto del sistema electoral, blindar los procesos electorales frente al crimen organizado y garantizar reglas más justas para la competencia política.
En el Senado, MC lo ha dicho con todas sus letras: no podemos limitarnos a votar en contra, tenemos que construir alternativas. Y en eso nos distinguimos. La reforma del gobierno no pasó, no porque la oposición sea poderosa, sino porque incluso entre sus propios promotores no lograron ponerse de acuerdo, lo cual es la señal más evidente de que algo falló desde el principio, que la negociación política pudo más que la convicción democrática.
Nuestro sistema electoral es perfectible, tiene rezagos importantes y enfrenta desafíos que hace veinte años no existían, pero cualquier reforma que aspire a mejorar la democracia tiene que empezar por incluir a quienes representan a la ciudadanía, y no puede construirse desde la lógica del poder que quiere perpetuarse. En Jalisco, seguiremos apostando por una reforma que amplíe derechos, abra espacios al debate público y ponga a la gente, no a los partidos, en el centro.