Occidente lleva décadas advirtiendo sobre el peligro del extremismo religioso en Medio Oriente. Lo presenta como una amenaza irracional y ajena a la modernidad. Pero en más de una ocasión, esos mismos actores fueron financiados, armados e instrumentalizados cuando servían a los intereses de quienes hoy los señalan como peligrosos.
Afganistán en los años ochenta es el punto de partida más claro. La Operación Cyclone, una de las operaciones encubiertas más largas y costosas de la CIA, canalizó desde 695 mil dólares en 1979 hasta 630 millones anuales en 1987 hacia combatientes islamistas, con Arabia Saudita igualando cada dólar. De los siete grupos muyahidines apoyados por Pakistán, cuatro profesaban creencias fundamentalistas y recibieron la mayor parte del financiamiento. En ese entorno se consolidaron redes que más tarde desembocarían en Al Qaeda. El islam político se usó como instrumento de desestabilización.
En Gaza, durante los años setenta y ochenta, Israel otorgó licencias y apoyo a Ahmed Yassin para expandir su red islamista vinculada a los Hermanos Musulmanes, mientras saboteaba con fuerza a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), un actor secular y políticamente más cohesionado. El brigadier general Yitzhak Segev, gobernador militar israelí en Gaza, admitió haber proporcionado asistencia financiera al precursor de Hamás por instrucciones de las autoridades israelíes. De ese espacio surgiría Hamás en 1987 como un actor que resultaba útil para fragmentar la causa palestina.
Irak lleva esa lógica al extremo. Tras la invasión de 2003, la Autoridad Provisional de la Coalición purgó al partido Baaz y disolvió unas 720 mil plazas en fuerzas armadas, policía y seguridad. Cientos de miles de hombres armados quedaron sin empleo. De ese vacío emergería el Estado Islámico, una organización que no puede entenderse sin ese colapso deliberado.
Irán encaja en el mismo patrón. Hoy se le reduce a un “régimen ultrarreligioso”. Pero tras el golpe anglo-estadunidense de 1953 contra Mossadegh, el Sha ilegalizó al Frente Nacional y aplastó al partido Tudeh, arrestando a más de 4,000 activistas. El golpe eliminó al elemento moderado y secular de la política iraní y permitió que islamistas y radicales emergieran como principales fuerzas de oposición. Lo secular fue desplazado a propósito.
La paradoja actual es difícil de ignorar. Mientras se señala de fanatismo religioso a algunos actores en Medio Oriente, figuras centrales de la política estadunidense operan desde una cosmovisión profundamente religiosa sin que eso genere la misma alarma. Tenemos como ejemplo al secretario de Defensa Pete Hegseth quien lleva tatuadas una Cruz de Jerusalén y la frase cruzada “Deus Vult” y quien en su libro “American Crusade” (2020) plantea que EE.UU. enfrenta un “momento de cruzada” como en el siglo XI, que los cristianos deben “tomar la espada del americanismo” junto a Israel, y alerta sobre las tasas de natalidad musulmanas como amenaza demográfica. Ya en el cargo, citó el Salmo 144 en conferencia de prensa (“Bendito sea el Señor, que adiestra mis manos para la guerra”) e invitó al pastor Doug Wilson, nacionalista cristiano que aboga por instaurar una teocracia en EE.UU., a predicar en el Pentágono. Paralelamente, Trump nombró a la televangelista Paula White-Cain como asesora espiritual de la Casa Blanca, una predicadora de la llamada teología de la prosperidad investigada por el Senado en 2007 por sus prácticas financieras y denunciada como “falsa maestra” por pastores de su propio campo.
La doble vara es apabullante. Lo hiperreligioso se señala en el islam pero no en el cristianismo ni en el sionismo religioso. Se usa como herramienta de propaganda contra unos y en cambio es proyectada como identidad legítima para otros.
El problema no es solo el extremismo religioso, su negación del pluralismo y de las libertades civiles, políticas y sociales, sino quién se arroga el derecho de señalarlo en el otro porque el extremismo religioso no se vuelve menos peligroso por llevar corbata y hablar en inglés.