En la política, hay una línea muy delgada entre la defensa legítima de los ciudadanos y la simulación administrativa. En Tlaquepaque, esa línea ha sido borrada por una incongruencia que raya en el descaro: la administración municipal ha emprendido una ofensiva jurídica y mediática contra el SIAPA, mientras arrastra una deuda que, según revelaciones recientes en el Congreso del Estado, supera los 200 millones de pesos.
La presidenta municipal, Laura Imelda Pérez Segura, ha construido su narrativa reciente sobre el “triunfo judicial” tras lograr que una jueza revocara el archivo de sus denuncias por delitos ambientales contra el organismo. Con videos en mano y fe notarial, la alcaldesa denuncia descargas ilegales y agua turbia en colonias como San Martín de las Flores, El Vergel y La Micaelita. Sin embargo, su activismo omite una verdad matemática: el ayuntamiento que ella encabeza es uno de los principales morosos del sistema.
El diputado Alberto Alfaro García (PVEM) puso el dedo en la llaga esta semana al señalar que Tlaquepaque no ha pagado por el consumo de agua de sus propias dependencias y edificios públicos. La cifra es escandalosa: 200 millones de pesos que el municipio se niega a poner sobre la mesa. Es la política del “vaso roto”, como la misma alcaldesa llamó al SIAPA al votar en contra del aumento de tarifas para 2026; pero lo que no dice Pérez Segura es que ese vaso está roto, en buena medida, porque socios como ella han dejado de aportar lo que les corresponde.
¿Con qué autoridad moral se puede exigir agua de primera con un pago de cero pesos? La estrategia de Morena en el municipio parece ser la asfixia por diseño: se le regatea el presupuesto al organismo, se le retienen los pagos por servicios municipales y, acto seguido, se le demanda penalmente por la inoperatividad resultante. Es un círculo vicioso de negligencia política donde el único rehén es el vecino que abre la llave y recibe promesas en lugar de agua. Pero hay algo más grave que la deuda: el olvido de su propia corresponsabilidad institucional. Tlaquepaque no es un cliente externo; forma parte de la Junta de Gobierno del SIAPA, lo que significa que la alcaldesa se está demandando, en la práctica, a un organismo donde su propio municipio tiene voz, voto y mando.
Exigirle al SIAPA que resuelva el desastre es una demanda justa, pero hacerlo mientras se le debe una fortuna y obviando la propia responsabilidad, es una puesta en escena para el aplauso fácil. Si la presidenta municipal realmente quiere soluciones y no solo “administrar la crisis” —como ella misma pregona—, el primer paso es la honestidad fiscal. Menos denuncias penales de relumbrón y más transferencias para la infraestructura que el municipio tanto necesita. En Tlaquepaque, el agua no solo está turbia por los sedimentos, sino por la opacidad de un gobierno que exige como acreedor lo que debe como deudor.