Muchas personas aprovechan estos días de Semana Santa para tomar unas vacaciones, y puede ser también una magnífica oportunidad para desarrollar nuestra empatía, enseñar a nuestros hijos nuevas habilidades para tener amistades y convivir con empatía con niños y jóvenes con discapacidad.
Todos tenemos derecho a gozar de unos días de descanso y en muchos espacios a los que acudimos, podemos encontrarnos con personas con discapacidad.
Hay muchos espacios donde también acuden personas o niños con discapacidad. Podemos coincidir en cualquier lugar; pueden estar nadando en la misma alberca; existe la posibilidad de subir en el mismo elevador del hotel, encontrarnos en un museo, en el restaurante, en el centro comercial, en el parque, en el cine y hasta verlos en la iglesia.
Estas vacaciones pueden ser el momento perfecto para que con el ejemplo, nosotros como adultos, enseñemos a nuestros hijos a ser empáticos con los demás. Al encontrarnos con una persona con discapacidad o con un niño con discapacidad, lo peor que podemos hacer es alejarnos como si fuera a causarnos un mal, o quedarnos viéndolo con extrañeza. Peor aún, manifestar lástima o burlarnos de él.
Las miradas malintencionadas se notan y dejan heridas, igual o peor que un golpe. Si nosotros o nuestros hijos miramos con desprecio a un adulto o un niño con discapacidad, ellos van a notarlo. Así también, puedo decirte: estoy 100% segura que entenderán perfectamente una sonrisa genuina que hable desde tu corazón, desde el aprecio y aceptación, como una invitación a entablar una pequeña conversación e ir más allá, ser el inicio de una agradable amistad.
Podemos ir todavía más lejos, de verdad, invitarlos a participar en las actividades que estamos llevando a cabo en la alberca, en el parque, en el museo, o donde nos encontremos con él o ella. La discapacidad no es una limitante, es simplemente tener que hacer algunos ajustes.
Mucho hemos dicho sobre formar una sociedad incluyente, y no lo conseguiremos mientras no tengamos todos y todas acciones concretas, porque la inclusión es algo que se aprende y que se trabaja todos los días para construirla.
Pequeñas acciones, como sonreírle a la persona, saludar, acercarnos a jugar con ella, ofrecerle ayuda, marcan de forma trascendente, nuestra relación.
Te invito solo por un instante a pensar: ¿Cómo te gustaría que te trataran a ti o a tu hijo si tuvieran discapacidad?
Si hacemos este pertinente ejercicio, estoy segura que el resultado sería muy favorable y modificaría radicalmente nuestro comportamiento.
Aprovechemos estas vacaciones para formar el carácter de nuestros hijos, para ser nosotros mismos quienes les enseñemos a tratar a todos con respecto y dignidad, sin importar su condición física o intelectual.
Felices Pascuas.