En México hay más de 130 mil ausencias irremplazables. Lugares vacíos en la mesa, llamadas que no llegan y familias que viven en pausa. Intentar reducir esta realidad desde una oficina no cambia el país; lo deforma.
El reciente “ajuste” en las cifras oficiales de personas desaparecidas —que reduce a poco más de 43 mil los casos “vigentes”— es un reflejo de cómo las instituciones pueden fallar cuando se alejan de su propósito central: servir a la verdad y a las personas.
Más aún, en un país donde los delitos no se denuncian y donde la impunidad alcanza altos niveles, condicionar la existencia de una persona desaparecida a la integración de una carpeta de investigación no solo distorsiona la realidad, sino que profundiza la desconfianza en las instituciones. Aquí no está en juego una narrativa política. Está en juego la credibilidad del Estado.
Es imposible ignorar cómo desde el poder morenista dan un mensaje a miles de familias. Claro: su caso depende más de un criterio técnico que de una voluntad institucional. Y ahí es donde la crítica se vuelve inevitable.
El gobierno encabezado por Morena ha planteado una lectura del problema donde si no hay datos completos, entonces la desaparición se diluye en el archivo. Pero las personas no desaparecen en los registros; desaparecen en la realidad.
Jalisco no es ajeno a esta situación. Colectivos han advertido que las cifras oficiales no reflejan la dimensión del problema y que muchas desapariciones quedan fuera de los diagnósticos formales. En este contexto, la falta de participación de las familias en la construcción de estos registros no es un detalle menor: es una señal de desconexión institucional.
Cuando las familias no son escuchadas, las políticas públicas nacen incompletas.
Ese es el punto más delicado. No se trata únicamente de un debate sobre números, sino de cómo se construyen las decisiones públicas. Porque una democracia no se mide únicamente en elecciones, sino en su capacidad de proteger a sus ciudadanos y de responder cuando fallan las cosas.
La gobernabilidad no se construye reduciendo cifras, sino enfrentando realidades. Se construye con instituciones confiables, con metodologías claras y con apertura a la crítica. Se construye escuchando.
La exigencia es básica, pero urgente: verdad, transparencia y empatía institucional. La solución no está en reinterpretar la crisis, sino en atenderla: fortalecer fiscalías, mejorar registros, coordinar autoridades y colocar a las familias en el centro.
Porque detrás de cada expediente hay una familia que resiste. Ignorar su dolor es ignorar el tejido mismo del país. La exigencia es clara: verdad, transparencia y empatía.
Porque en México, al desaparecer cifras, nunca va a desaparecer el dolor.
Nota: Los datos se basan en lo recientemente presentado por la titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad y por el subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migraciones de la Secretaría de Gobernación.