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6 abril 2026
Federico Torres López
Federico Torres López
Profesional de la comunicación con más de 40 años de experiencia en los ámbitos del sector privado, la política, el deporte y la academia. Director de programa en la Escuela de Comunicación de la UP en Guadalajara.

El permshock

6 abril 2026
|
05:00
Actualizada
21:17

El concepto de permshock ha comenzado a ganar terreno en el análisis contemporáneo para describir una condición que trasciende la noción tradicional de crisis episódica. A diferencia de los choques aislados —financieros, sanitarios o geopolíticos—, el permshock alude a una concatenación sostenida de eventos disruptivos que, lejos de resolverse, se superponen y amplifican entre sí. En este marco, la excepcionalidad deja de ser la norma: la crisis se vuelve permanente y se ha convertido en la constante en la época que nos tocó vivir.

No se puede atribuir su acuñación a un único autor o texto fundacional. Más bien, permshock emerge como un neologismo híbrido (de “permanente” y “shock” que gana tracción en el discurso analítico desde el año 2020.

La última década ofrece un terreno fértil para observar este fenómeno. La pandemia de COVID-19 no solo implicó un colapso sanitario global, sino que desencadenó tensiones económicas, reconfiguraciones laborales y una profundización de desigualdades preexistentes. A ello se sumaron conflictos armados de gran escala, como la guerra en Ucrania, y el resurgimiento de rivalidades geopolíticas que evocan lógicas de bloques. Paralelamente, la crisis climática continúa intensificándose, generando eventos extremos que afectan tanto a economías como a sistemas sociales.

Lo distintivo del permshock no radica únicamente en la frecuencia de estos eventos, sino en su interdependencia. Las crisis energéticas, por ejemplo, no pueden comprenderse sin considerar las tensiones geopolíticas; a su vez, estas se ven exacerbadas por disputas tecnológicas y comerciales. En este entramado, las respuestas institucionales tradicionales —basadas en la gestión de crisis puntuales— resultan insuficientes. La planificación a largo plazo se ve erosionada por la incertidumbre constante.

Desde una perspectiva social, el permshock tiene implicaciones profundas. La exposición continua a situaciones de riesgo y volatilidad genera una fatiga colectiva que puede traducirse en desafección política, polarización y una creciente desconfianza hacia las instituciones. La percepción de un mundo inestable y difícilmente predecible alimenta narrativas simplificadoras y, en algunos casos, autoritarias, que prometen orden en medio del caos.

Sin embargo, el reconocimiento del permshock también abre la puerta a replantear marcos analíticos y estrategias de resiliencia. En lugar de aspirar a una ilusoria estabilidad, los sistemas políticos y económicos podrían orientarse hacia la adaptación constante, incorporando mecanismos de respuesta flexible y cooperación internacional más robusta. Esto implica no solo gestionar crisis, sino anticipar sus interconexiones.

En una palabra, el permshock no es simplemente un concepto descriptivo, sino una lente interpretativa que obliga a reconsiderar la naturaleza misma de la contemporaneidad. Entenderlo es el primer paso para evitar que la acumulación de crisis derive en una normalización de la inestabilidad como destino inevitable.

La última década ofrece un terreno fértil para observar este fenómeno. La pandemia de COVID-19 no solo implicó un colapso sanitario global, sino que desencadenó tensiones económicas, reconfiguraciones laborales y una profundización de desigualdades preexistentes. A ello se sumaron conflictos armados de gran escala, como la guerra en Ucrania, y el resurgimiento de rivalidades geopolíticas que evocan lógicas de bloques. Pasamos ahora por el primer mes de la guerra en Irán y sus efectos han sido devastadores.

Paralelamente, la crisis climática continúa intensificándose, generando eventos extremos que afectan tanto a economías como a sistemas sociales.

Lo distintivo del permshock no radica únicamente en la frecuencia de estos eventos, sino en su interdependencia. Las crisis energéticas, por ejemplo, no pueden comprenderse sin considerar las tensiones geopolíticas; a su vez, estas se ven exacerbadas por disputas tecnológicas y comerciales. En este entramado, las respuestas institucionales tradicionales —basadas en la gestión de crisis puntuales— resultan insuficientes. La planificación a largo plazo se ve erosionada por la incertidumbre constante.

Desde una perspectiva social, el permshock tiene implicaciones profundas. La exposición continua a situaciones de riesgo y volatilidad genera una fatiga colectiva que puede traducirse en desafección política, polarización y una creciente desconfianza hacia las instituciones. La percepción de un mundo inestable y difícilmente predecible alimenta narrativas simplificadoras y, en algunos casos, autoritarias, que prometen orden en medio del caos.

Sin embargo, el reconocimiento del permshock también abre la puerta a replantear marcos analíticos y estrategias de resiliencia. En lugar de aspirar a una ilusoria estabilidad, los sistemas políticos y económicos podrían orientarse hacia la adaptación constante, incorporando mecanismos de respuesta flexible y cooperación internacional más robusta. Esto implica no solo gestionar crisis, sino anticipar sus interconexiones.

El  permshock no es simplemente un concepto descriptivo, sino una lente interpretativa que obliga a reconsiderar la naturaleza misma de la contemporaneidad. Entenderlo es el primer paso para evitar que la acumulación de crisis derive en una normalización de la inestabilidad como destino inevitable. Las palabras del Papa León XIV, al celebrar la Pascua, son claras ante el tema: “Nos estamos acostumbrando a la violencia y nos volvemos indiferentes a la muerte de miles de personas en la guerra”… No dejemos que esto pase.

Felices Pascuas.

Seguimos en conexión.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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