Cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) habla de desaparición forzada en México, no está hablando de un tema lejano ni de una discusión entre expertos. Está hablando de familias que llevan años buscando a sus seres queridos, de madres que revisan cada lista, cada pista, cada indicio; de padres que no dejan de tocar puertas, de hijas e hijos que crecieron entre carpetas de investigación y fotografías pegadas en las paredes.
La reciente declaración de instancias de Naciones Unidas sobre la desaparición forzada en nuestro país nos recuerda algo que ya sabemos, pero que a veces cuesta mirar de frente: vivimos una crisis profunda de derechos humanos. Y en esa crisis, miles de personas siguen sin respuesta.
Desde una perspectiva de derechos humanos, la desaparición forzada no es solo la ausencia física de una persona. Es una violación múltiple y continua, se arrebata la libertad, se niega la verdad, se prolonga el sufrimiento y se coloca a las familias en un limbo que puede durar años. No saben si llorar un duelo o mantener la esperanza de un regreso. Esa incertidumbre es también una forma de violencia.
Cuando la ONU emite una declaración sobre México, no lo hace para exhibir por exhibir, sino para recordar obligaciones claras del Estado:
– Prevenir que las desapariciones ocurran.
– Buscar de manera inmediata y efectiva a las personas desaparecidas.
– Investigar, juzgar y sancionar a los responsables.
– Reparar el daño de forma integral a las víctimas directas y a sus familias.
No son recomendaciones opcionales, son compromisos que México asumió al firmar tratados internacionales y que hoy deben traducirse en acciones reales y medibles.
En Jalisco conocemos el rostro de esta crisis. Aquí, también hay colectivos de familias que buscan, que marchan, que señalan fallas institucionales y que, aun con el cansancio encima, siguen organizadas. Cada vez que una madre toma el micrófono o levanta una fotografía, está ejerciendo su derecho a la verdad y a la justicia. Su palabra es, también, una forma de reparación y de memoria.
Desde la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco asumimos que los señalamientos de la ONU son un llamado a actuar, no a justificarnos.
Desde un enfoque de derechos humanos, eso implica entre otras cosas:
Poner a las víctimas en el centro. No se trata solo de mejorar estadísticas, sino de escuchar a las familias, incluirlas en la búsqueda, en la investigación, en las decisiones sobre cómo y dónde buscar. Respetar su dignidad, brindarles atención psicológica, acompañamiento jurídico y un trato humano en cada oficina a la que acuden.
Tomar en serio la prevención. Prevenir no es un discurso, es fortalecer programas para niñas, niños y jóvenes, generar oportunidades reales, atender la desigualdad y la violencia en los barrios y comunidades. Es reconocer fenómenos como el reclutamiento forzado y diseñar políticas específicas para evitar que más personas desaparezcan.
Romper la impunidad. Investigar con debida diligencia, con independencia y con perspectiva de derechos humanos es una obligación, no una opción.
Garantizar verdad, memoria y reparación. Buscar a las personas desaparecidas y saber qué ocurrió es un derecho. Que el Estado reconozca el daño, que pida perdón cuando corresponde, que adopte medidas para que no se repita y que repare de manera integral son pasos indispensables para reconstruir el tejido social.
La desaparición forzada es una herida abierta que no se cierra con silencio. Se atiende con verdad, justicia, memoria y reparación. Y sobre todo, con trabajo colectivo, familias, sociedad, instituciones y comunidad internacional caminando en la misma dirección.
Esa es la ruta que, desde la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco, seguiremos impulsando. Porque la deuda con las víctimas no se paga con palabras, sino con acciones concretas que les devuelvan, en la medida de lo posible, un poco de la paz que les fue arrebatada.