Es una frase que distintos gobiernos occidentales han repetido hasta el cansancio. Suena razonable. Pero su significado tácito es otro. Más que un principio universal, ha funcionado como una forma de legitimar quién puede y quién no puede acceder al poder nuclear.
En la práctica, un grupo reducido de Estados consolidó su capacidad nuclear mientras promovía normas que limitaban su expansión en otros. El Tratado de No Proliferación Nuclear cristaliza esa lógica. Reconoce a un conjunto específico de potencias nucleares y, al mismo tiempo, establece un régimen para impedir que otros accedan a esa misma capacidad. A cambio, promete desarme progresivo. Décadas después, ese desarme fue solo parcial, selectivo y temporal.
El “equilibrio nuclear” del siglo XX y XXI surgió de una correlación de fuerzas muy concreta. Tras Hiroshima y Nagasaki, el factor decisivo que ha evitado otro uso de armas nucleares no ha sido un convencimiento ético, sino el desarrollo de capacidades equivalentes por parte de otras potencias. Cuando la Unión Soviética logró su propia bomba atómica a finales de los años cuarenta, el monopolio nuclear estadunidense llegó a su fin y dio paso a un nuevo principio: la Destrucción Mutua Asegurada, la certeza de que cualquier uso de estas armas entre potencias nucleares implicaría una respuesta simétrica, y por tanto, una destrucción mutua.
Sin embargo, ese equilibrio nunca fue universal. Desde el inicio, operó como un sistema que distingue entre quienes pueden desarrollar y conservar armas nucleares sin mayores consecuencias, y quienes enfrentan restricciones activas para impedirlo.
Israel es quizás el ejemplo más claro de esa asimetría. Desarrolló su programa nuclear fuera del Tratado de No Proliferación Nuclear, sin someterse a inspecciones internacionales y sin reconocer formalmente su arsenal. No solo no fue impedido, sino que su estatus ha sido tolerado e incluso protegido dentro del sistema liderado por EE.UU.
En cambio, a Irán, firmante del tratado, se le han impuesto sanciones, sabotajes y operaciones encubiertas precisamente para evitar que alcance esa misma capacidad. Desde la revolución de 1979, Irán ha sido sistemáticamente construido como amenaza por su posición política en la región, so pretexto de su programa nuclear (civil). En la práctica, esa política de supresión de la capacidad nuclear armada iraní ha buscado asegurar que solo Israel mantenga el monopolio nuclear en Medio Oriente.
Y aquí es donde la frase deja de ser abstracta, porque si el criterio es que actores irracionales o criminales no deben poseer armas nucleares, entonces ese principio no puede aplicarse selectivamente. Tendría que aplicarse también a quienes ya las poseen.
El día de ayer, el propio presidente de Estados Unidos ha utilizado su red social Truth Social para advertir que “una civilización podría desaparecer esta misma noche”. Es la banalización de la amenaza de la destrucción masiva por parte de un poder nuclear. Si ese es el comportamiento de actores considerados “racionales”, entonces la categoría misma empieza a perder sentido.
Lo que emerge en su lugar es algo distinto: una forma de hipocresía nuclear. Un sistema en el que ciertos Estados pueden amenazar, actuar y redefinir los límites constantemente, mientras otros son contenidos precisamente para evitar que alcancen ese mismo margen de acción.Y esa contradicción tiene consecuencias concretas.
Las recientes agresiones militares de Estados Unidos contra Irán, la cantidad de civiles muertos y la destrucción de infraestructura civil, tienen impactos políticos concretos. Intervienen en un equilibrio interno ya frágil. Debilitando a quienes dentro de Irán han defendido la moderación y la renuncia al desarrollo nuclear armamentístico, y fortalecen a quienes sostienen que la única garantía de supervivencia es precisamente el desarrollo de estas armas.
En ese contexto, el caso de Corea del Norte deja de ser una anomalía y se convierte en referencia. Corea del Norte logró desarrollar su arsenal, y con ello alteró de manera irreversible su posición en el sistema internacional. Desde entonces, aquel país no ha sido objeto de intervenciones militares directas comparables.
Esa es la lección que el sistema de la hipocresía nuclear transmite. El equilibrio nuclear no lo garantizan los tratados ni los principios. Lo garantiza la capacidad de infligir un costo inaceptable a quien intente intervenir.
Volvemos entonces al inicio. Estamos de acuerdo: actores irracionales y criminales no deben poseer armas nucleares. Pero ese principio, aplicado de manera consistente, obligaría a revisar todo el mapa nuclear actual.
Las principales potencias occidentales, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, han definido históricamente las reglas bajo las cuales otros no deben desarrollar la vía nuclear. Frente a ellas, potencias no occidentales como Rusia y China no desmantelaron ese orden, pero sí establecieron el equilibrio que volvió inviable el uso de estas armas mediante la disuasión nuclear propia.
Y en los márgenes de ese sistema, los poderes nucleares no declarados, Israel, India y Pakistán, han terminado por evidenciar que las reglas nunca fueron universales, sino selectivas.
Eso es lo que produce la hipocresía nuclear. Incentivos a la proliferación.
Hoy más que nunca, en un sistema donde hay actores políticos que han demostrado estar dispuestos a ejercer la fuerza de manera arbitraria y criminal, la lógica de la mesura se resquebraja. El resultado es un mundo objetivamente más peligroso en desarrollo de armas convencionales y no convencionales por igual.