La humanidad entera vivió hace unos días otra más de esas angustias que le arrebatan el sueño y su tranquilidad: el presidente de EE.UU., Donald Trump, había dado un ultimátum a Irán en el sentido de que, si no se llegaba a un acuerdo que incluyera la apertura a la navegación del Estrecho de Ormuz, toda su civilización moriría esa noche.
El plazo se cumplía el día martes siete de abril a las ocho de la noche, hora de Washington (seis de la tarde, hora del centro de México).
Aunque ya había declarado anteriormente otras amenazas de este tipo sin que llegaran a concretarse, el tono y el lenguaje de esta última hacía pensar que era posible que se cumpliera.
Esto no sucedió por diversos factores, entre ellos: la mediación de Pakistán, la presión internacional, la oposición de sectores internos de EE.UU., la advertencia de Irán de responder con ataques a aliados de EE.UU., y quizá también por algún resquicio de cordura en la cabeza de alguien.
Gracias a lo anterior, horas previas a que venciera el plazo se declaró una suspensión temporal de la agresión y al menos por dos semanas ha quedado en suspenso semejante tragedia.
Todas, todos, debemos esperar que tal suspensión se prolongue y se afiance en un acuerdo duradero. Pero también todas y todos debemos hacer algo para recuperar la paz, porque la muerte de miles de personas y los considerables daños materiales no incumbe únicamente a las poblaciones afectadas, a las familias en duelo, sino a la humanidad en su conjunto. No podemos dejar de lamentar y hacer nuestro el dolor de las familias de más de ciento sesenta personas, la mayoría niñas estudiantes de una escuela primaria que perdieron la vida en los primeros días, luego de que su escuela en la ciudad de Minab, Irán, fuera bombardeada. Las demás muertes de civiles y las de los propios militares de ambos bandos son dolorosas pérdidas de la humanidad completa.
El conflicto en referencia ya nos está costando económicamente (subieron los combustibles y los fertilizantes, por consecuencia la mayoría de productos y alimentos). Esto da motivo de queja y conversación en cualquier espacio, pero más costoso nos resulta la muerte de las y los semejantes, el daño a sus bienes, la destrucción de sus casas, la afectación a sus escuelas, hospitales, a sus calles, la destrucción de sus comunidades, esto también debe ser tema de nuestra queja y conversación cotidiana.
En una obra titulada “Heautontimorumenos” (El enemigo de sí mismo) de un autor latino llamado Publio Terencio, acuñó la frase: “Soy humano, nada de lo humano me es ajeno”. Quizá para estos tiempos la solidaridad, la empatía y la fraternidad que encierra tan grandiosa frase resulta propicia.
Quizá en sintonía con esta idea, como dice la canción de León Gieco titulada “Sólo le pido a Dios”, que la guerra no nos sea indiferente.